viernes, 20 de diciembre de 2013

En tierra prometida


...un lugar donde nadie ya promete nada

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Un ser humano



La obra: Un ser humano
El autor: Luis Eduardo Aute

lunes, 2 de diciembre de 2013

Consonancias para el reencuentro



La obra: In God´s Hands
El autor: David Nevue

Nada

Inmóvil, desde un punto fijo, anclado aquí, esperando que la vida dibuje un recorrido o siquiera una forma. ¿Hasta cuándo puedo permanecer aquí, quieto, esperando nada?
El respirar, sin embargo, no cesa; la alternancia se produce con fluidez, pero... ¿Cuales son los ciclos del movimiento de mi mano, del lápiz,...? 
Las pulsiones se transcriben en palabras, ideas o simplemente el hecho de expresar, de querer decir sin saber qué.
Claro...
se intuye algo importante que se escapa de la experiencia cotidiana u ordinaria de lo humano, al menos un inconformismo con ‘lo habitual’, ‘lo que siempre se repite’, ‘la experiencia insignificante’, ‘lo inmemorable’... plano; algo que amplía o altera el nivel de percepción donde siento estar atrapado: la existencia de una verdad emergente y la necesidad de abrirse a ella, de incorporarla o dar a luz, quizás, soltarla, para que sea experiencia y se comparta y se expanda... y libere a este soñador que ahora experimenta como realidad, ilusoria realidad... 
desde un punto fijo

                              .
                               .


sábado, 30 de noviembre de 2013

Retorno




Quizás ya no estés cuando regrese. Puede que te hayas ido.
He llegado tarde. Me entretuve buscando arquitecturas con autor. Despidiéndome de seductores del amor que han envejecido borrachera tras borrachera. Fui buscando la gloria, el dinero y el aplauso. Me aplastaron.
Ahora regreso sin un centavo en los bolsillos.
Creí que allí todo sería mejor. Que podría lanzar mi vanidad al vuelo. Me sacudieron.
No recordé nada, olvidé mi paso y ahora no sé cómo regresar a casa.
Es extraño, porque sigo reconociendo mi nombre y lo escucho en muchas voces que me nombran, pero no consigo verme, intuir la piedra que me devuelve a mi hogar…
¿Tendré nombre habiendo perdido mi casa?
¿Sabrán quién soy, sin saber en qué techo dormiré mañana?
Sinceramente, prefiero que me olviden. Que me despidan de las tertulias despiadadas.
Aunque puede que sea demasiado tarde y ya no quede tiempo.
Ahora que quiero, han apagado las luces,
y las quise tanto que perdí la memoria.
Quiero volver y sólo una fotografía me ayuda:
una mesa, la nieve, los álamos y la soledad elegida.
¿Podré volver, podrán olvidar mi nombre sin nombrarlo?
¿Regresaré a casa?

Latir



Has llegado y ya te vas.
Dejas de lado tu ruta, saltas tu camino y apareces.

Y piedra tras piedra dibujas una casa. Con tanta soledad congelada que parece ingobernable.
Queda, tras su gran muralla, el hueco del hogar. Arrojado tras los árboles que rompen los muros. 

Ahí me veo, aunque no tanto tiempo como para envejecer sin remedio. Leo las arrugas de tus piedras y anuncias las mías.

Soy como tú. He vuelto, pero creo que me iré pronto.

 Para evocarte allí donde esté. 

Donde otros muros me quieran…

martes, 19 de noviembre de 2013

Pisando Leve

... en el camino de vuelta a casa



viernes, 25 de octubre de 2013

Perdido


 
Hoy no encuentro el lugar donde pisé ayer. No veo las huellas de mi caminar. Me he empapado bajo la lluvia siguiendo su rastro, pero nada. Estoy perdido? Releo en el aire aromas desconocidos y encuentro olores a castañas y fuegos. La ciudad no me lleva, se para, no me dice, me instiga al silencio. Estoy perdido?

Oigo llorar velocidades, humear todos los paisajes y grito para acallarlos, pero el ronroneo se instaura en los tímpanos. Estoy perdido? Escucho a la melancolía, con su ruta de ceguera y peso anodino. Me mira y vacila. Quieta se arrima, me sacude y traslada. Insiste en voltear mi cuerpo. Estoy perdido?

La ciudad se despide en todos sus vértices, se desprende, evade mis preguntas. Se llena de rutas de espesor y solidez. Olvida lo cotidiano y se empapa de limpieza. Y la llanura es casi siempre subida. Desprendiendo aluviones de piedras que golpean.

Qué hay de aquella ciudad donde perderse convertía a los hombres en huéspedes de lo cotidiano? Qué hay de aquella ciudad donde la tierra ensuciaba todo, con sus torpezas de árboles y ridículos amores? Qué queda de insinuar en silencio sin la irreparable necesidad de lo acabado?

Estoy perdido por amar otra ciudad?

Estoy perdido por seguir soñando con su tierra?

 

miércoles, 23 de octubre de 2013

Una voz... Quizá

A veces me siento a escuchar y una voz me susurra que todo esto que estamos viviendo es un ensayo, una puesta a punto para otro nacimiento, y que, de alguna manera, la tierra, no ya el planeta sino su propia sustancia, es otro vientre materno que nos acoge y alimenta. 
Tarde o temprano, los cuerpos, que nos permiten tener esta experiencia de vida, volverán a fundirse con ella, la tierra, sin llevarse nada; absolutamente nada. Hasta su propia materialidad se esparcirá y se transformará en otra cosa, o en otra casa... Quizás
Presiento que ya es hora de aprender a disfrutar de este misterioso viaje, sin hacer propio nada de lo que otros nos cuentan; ellos, pasaban por aquí para vivir sus propias experiencias y compartirlas, a la luz de la luna, o bajo la sombra de un árbol... Quizá


domingo, 29 de septiembre de 2013

Inmersión en Tierra


El hombre vuelve a guiarse por sus instintos, pero ahora, en los tiempos de lo que estamos llamando ‘el despertar’, de un sentir más profundo, lo hace de una manera consciente: Toma la tierra y la eleva sobre sí mismo... se abraza con ella. 

Otra vez la Materia, en su estado más primitivo, protege al soñador, nos permite soñar en paz: Arena, arcilla y cal comienzan a fundirse en un proceso de doble confinamiento:

Amasamos los elementos con agua en una proporción determinada, que regula de forma precisa el equilibrio entre la creciente resistencia estructural del conjunto y la cohesión de las partículas que conforman su masa durante la ejecución. 
Introducimos la mezcla en un saco tubular continuo; y compactamos.
Hilada tras hilada, apoyada sobre sí misma y articulada, la tierra se despega del suelo envolviendo un espacio cuidadosamente diseñado según nuestras necesidades, nuestros sueños y sentimientos. 
Cubrimos por dentro y por fuera la construcción con varias capas de revoco y sucesivas lechadas de cal. 
De esta manera, estamos poniendo la inteligencia de la naturaleza al servicio de la Vida, de la creación de formas que mejoran las condiciones vitales de la existencia y hacen más sostenible la exploración para prolongar nuestro paso por la Tierra.

Gracias Bárbara y Quique, a Domoterra, por facilitarnos el retorno con estas intensas lecciones prácticas de bioconstrucción. 
Gracias Guiomar, Sandra, Rocío, Mavi, Alba y Paula, Luzy, Loreto y Emmanuel, Pedro, Victor, Pablo y familia, Carlos, Xavi y Ben por ser como sois, por estar donde estáis, y por haber compartido este trayecto de vuestro viaje. 
Gracias Rocío y Sam por vuestra acogida y vuestros manjares... 
Gracias por compartir la Tierra

























Todas estas estrategias constructoras perviven si coadyuvan a la supervivencia de esa especie. 

Mike Hansell

jueves, 29 de agosto de 2013

Risas de la ciudad



¿A qué huele la risa? ¿Cómo sabe? ¿Sabe a melancolía? He medido un poco más el paso hoy. Salí de casa con un libro bajo el brazo. Subí al tren y me dirigí a la biblioteca. He apoyado mi hombro sobre el cristal del tranvía y de repente he mirado desde dentro. De repente me he preguntado. Desde dónde nace la creatividad? Me ha surgido esta pregunta al ver a dos chicas bailar y reír sin parar mientras conducían. Estaban en su mundo, ajenas a todo. Posiblemente sin preocuparse de prioridades, de obligaciones, de miedos. Alejadas de las reglas, las señales de parada y vigilancia. Sólo reían, tan sencillo como eso. Me venía a la cabeza entonces la idea de la velocidad amable. Otro forma de expresión de nuestro tempo humano. Esta vez era escogido, un pálpito compartido entre dos chicas que acompañaban la música con el movimiento de sus cuerpos. El medio técnico ahí no era tan trascendente. Había perdido su fuerza manipuladora, cautivadora y estaba al servicio de la risa. Era inmenso ese momento. Tan lanzado, tan libre y sin nada que pudiera pararlo. La trasparencia vítrea de los cristales me recordaba aquél talante de la modernidad que ha sido tan discutido. Pero toda la trasparencia era secundaria, no tenía importancia. Eran las grandes bocas estallando en el vehículo lo que impactaba, lo que realmente seducía. Su enorme libertad. Al final se trataba de dos personas que habían escogido su propio mundo. Ahí surge, sin duda, la raíz de todo acto de libertad y probablemente el primero de los instintos creativos que tenemos. No sé qué olor tenía su risa, ni tampoco su sabor. Pero había un aura de melancolía en todo aquello. En un mundo en donde la crítica se empeña en dilapidar los caminos, en cercarlos, en categorizar; poder escoger, elegir tu propio mundo hace saltar en pedazos todo. No hay no “lugares” que no podamos hacer nuestros, que llevándolos al límite estrujen sus fronteras sólidas para hacerse amables y cercanos. Esa es la parte de melancolía que surge. Una extrañeza casi voraz, en ocasiones, insalvable. La extrañeza de que a pesar de lo que digan seguimos aferrados a la tierra, a nuestros instintos más primitivos y eso, afortunadamente, nos salva. De todo este viaje de mañana me quedo con eso.  Aunque viajes desprendido en velocidades ingrávidas sobre raíles, quedará siempre la risa. La risa amable y humana que nos acerca a la tierra.

 

Velocidad amable


Amable y curiosa. Casi es un despiste. Se mueve lentamente y origina un encuentro. Un paseo familiar en bicicleta. Una carrera de sudor por adoquines y piedras. Un paseo respirado, interno. No todas las formas de velocidad son detestables. Si Virilio afirma que la velocidad y la técnica han originado un distanciamiento del hombre con respecto a la tierra que pisa, también puede considerarse que la velocidad puede llegar a convertirse en uno de los más refinados motores que ayudan a conocer la ciudad y sus habitantes. Sin duda hablamos de velocidades amables no adscritas a medios técnicos sofisticados. No son despiadadas ni dependen o se construyen en los medios de consumo y en las propuestas de ocio más comunes. Se adiestran en territorios mucho menos convencionales y están sujetas a voluntades de tierras y piedras. ¿De tierras y piedras? Sí. Emergen de una voluntad precisa de abandono de la “ilusión del aire”; un camino que se desliga de ese mundo ingrávido, si se quiere volátil que ha sido creado frente a nuestros ojos. No dependen de autopistas, trasatlánticos, vehículos o aviones, sino que emergen del contacto del hombre directo con sus pies sobre la tierra. A menudo perdemos este sencillo sentido de la inmanencia. No se trata de sobrevolar con fotografías, postales o paseos a caballo la ciudad. Se trata de emerger de ella. De un contacto íntimo con las entrañas de la ciudad. El hombre no es capaz hoy día, en la mayoría de los casos, de visitar la ciudad sino es ataviado con un gran número de elementos técnicos que al final provocan ese trascender, ese alejamiento. Cada vez son menos las personas que cruzan corriendo la ciudad, que atraviesan sus calles, que dejan su sudor y su olor. Que son capaces, como afirma Kundera, de sentir el paso de su tiempo e instante, de la inevitable maravilla del envejecimiento. El aire es casi siempre el mundo donde uno se mueve, ese aroma cautivador del shopping, de la conquista del mercado. Perfumados, vestidos de gala y repeinados salimos a la ciudad para exhibir nuestras capacidades de conquista, recogida y simulación. Quedan pocos ciudadanos que corren con amabilidad en la ciudad. Que han dejado su ruta de sudor y lágrimas por los barrios, los centros, las plazas. Que desprenden realidad y autonomía. Que son, en definitiva, la muestra de una autenticidad escogida y sin tapujos. La velocidad amable es una suerte de reconquista del hombre y su mundo. Es un paso saboreado, un hálito que golpea con fuerza en la puerta de nuestra consciencia. Y ya no para, sigue caminando, emergiendo en cada zancada sobre el asfalto. Se trata de un acto de rebeldía, de coalición bélica contra la otra velocidad que ya no es nuestra; la que nos separa. La velocidad amable muestra nuestro lado más humano. Necesita de esas formas de expresión que se originan en la lentitud del espíritu. Y es ahí donde la ciudad no se visita, no se sobrevuela. Es, sencillamente, nuestra. Una hermosa criatura que nace y desarrolla en de cada uno de nosotros.

domingo, 28 de julio de 2013

Jerarquías del amor






La gran escalera es la ruina del impetuoso. No es arrogancia, tampoco tumba, pero huele a mal presagio. Al comienzo uno piensa que se trata de otra aproximación al arte de la seducción, otro juego más. Y todo apunta inicialmente esas maneras. La chica esperando en lo alto, erguida, algo despistada, en actitud de pregunta. Curiosa por saber, porque alguien acompañe su soledad, sin acercarse demasiado. De repente una ráfaga de velocidad, escupida desde el vestíbulo. Es el conquistador, de nuevo honrado por su atrevimiento. La jerarquía comienza a funcionar. Se sitúan solos, entre el vestíbulo  y el gran espacio intermedio de la entrada. Ya lo avisa la arquitectura. Es una proeza utilizar un espacio ávido de escapadas lanzadas hacia el infinito mar,  para la aventura íntima  del amor. Arrojado por la esclavitud de la soledad interminable, nuestro seductor se lanza, pero no llega. Ha perdido toda su fuerza antes de empezar, desde la garganta. No le quedan miradas, ni insinuadas ni directas. El gran vestíbulo es cruel, no permite fallos ni errores. Está afónico, y la chica huye. Huye por tanta garganta helada, minada de dinamita. Se desespera y corta, pero todavía no se despide. Nuestro seductor insiste, pero olvida la escala. Su voz es demasiado alta, se desparrama y diluye. Y de nuevo la jerarquía del amor se alza sobre sus cabezas. Ella ha entendido su mensaje. Su medida elegancia la salva. Intuye que la propuesta se escapa de los límites marcados por el lugar y espera en silencio. El seductor insiste, pero no queda ya nada que desplegar. Sólo sus alas, las de la desventura. Otro amor perdido se pregunta. Otra posibilidad proyectada al aire. Y la arquitectura; ese gran cuerpo de la seducción, vuelve a marcar los recorridos. Unos los ven otros pasan de largo. A nuestro fallido seductor sólo le queda volar, volar hasta el derrumbamiento por los acantilados, esos que no tienen piedad ni nombre…

miércoles, 24 de julio de 2013

Yo habito_piel





Yo habito, sin más. Yo respiro, sin más. Yo soy la ciudad, la arquitectura, nada más. Soy la huella que recorro cada día, donde piso. Soy el amor que ofrezco, desnudo. Soy cada piedra que ayuda a construir los muros. Soy su piel y su corazón. Espero que se me entienda, no pretendo aburrir con más teorías contemporáneas sobre arquitecturas. No busco proponer un concurso de ideas para fantasías y sueños del futuro. Sólo busco un rincón, si es posible sincero. Ayer recordaba los cortijos de mi infancia, los lugares humildes de las tierras donde corría. Recuerdo las casas, su limpieza, sus espacios llanos, escuetos, directos. Habían pocas palabras en ellos, eran silencios construidos. Me despejaba pensar que aquellas arquitecturas anónimas eran tan sólo los lugares del habitar cotidiano. Se habían despojado de todo, pero eran el cuerpo y el alma del amor. Quizás de allí provengan los inicios del hombre que ahora somos. Desprovistos de todo, sin nada que nos acompañe. Nada material que enturbie, que desvíe nuestra atención hacia lo que somos. Yo habito antes que nada. Cada capa que sumamos no es más que un sucedáneo de la tierra de la que venimos. Es un souvenir envenenado, lleno de una seducción delicada, cazadora de hombres. Nos hemos mimado y cuidado mucho en estos años. Hemos pretendido alejarnos, medir nuestras fuerzas con nuestra realidad. Escapar y acomodarnos, pelear si es necesario. Y todo por tener un hueco allí donde inconscientemente ya no habitamos. Son pasajes del futuro mordidos, sutilmente estrangulados. Es normal que caigamos y lleguemos al enfado, todo está calculado. Pero no hay nada como alejarse para encontrarse, no hay nada como renunciar para recibirse a solas, cara a cara, sin intermediarios. Se trata de un encuentro íntimo. Yo habito por encima de todo, soy habitar, soy ciudad y arquitectura, llanura y pueblo. Esa es mi grandeza, mi gran orgullo, el estímulo de toda pequeña gran vida.

martes, 9 de julio de 2013

Viajero inmóvil


Desde una roca que emerge sobre el mar contemplo
la tenue línea del horizonte mientras
las suaves ondas se entregan al rompeolas...
Permito que su fluir me envuelva mientras
anhelo sentir la unidad original desde donde 
yo también voy emergiendo. 
Tratando de habitar, y en este habitar hallar sentido, 
el cuerpo que hace posible este viaje...
Y como en todo viaje se trata de disfrutar, 
de adentrarse en lo desconocido 
dejarse sorprender
soltar amarras
permitiendo que los paisajes discurran... 
ocupando su lugar, mientras
mi mirada, 
todo por lo que este cuerpo está siendo penetrado,
ahora, 
ocupa también el suyo.
Aquí, 
acallado el murmullo del insaciable juez,
en estas condiciones de curvas amables, caricias de brisa y sonidos ancestrales que acompasan mis latidos, 
es tan fácil confiar en el viaje, que
me prometo a mí mismo
no cambiar más de aire
de roca
de mar... 
nunca cambiar de cuerpo
nunca de eternidad


sábado, 29 de junio de 2013

Desahucio


En la mañana ha llegado. Ha llegado el desahucio del alma. Nada físico, toda el alma ha sido expulsada del hogar, sin miramientos, sin esperas. He volado a golpes desde la ventana, partiendo los vidrios con mi frente. No han querido escucharme. No han hecho caso a mi memoria, a mi identidad. Queda ahora un silencio aterrador, el que me separa de mi hogar. Mi casa era mi alma, mi sueño, mi cobijo de sentimientos. Después de todo lo que ha sucedido no sé qué hacer. El barrio; junto a mi casa, se hace enorme para mi cuerpo, tengo pequeñas historias en mi cabeza, demasiado pequeñas que no soy capaz de cubrirlas con el cielo. No es suficiente. Dicen los poetas y las ilusiones emocionales que el primer techo del alma es el cielo, pero no lo veo. Cada día que pasa, desde que me echaron de mi hogar, me siento desnudo, todo es demasiado grande y yo demasiado pequeño. Y el cielo por mucho que digan, ha borrado la poesía por el barro helado, el que cae cuando llueve y moja la manta con la que me tapo. No queda nada, casi nada de calor, y hoy hace mucho frio. Espero que el barrio decrezca, se haga algo más pequeño. Espero escuchar las risas de otros y sus sueños y hacerlos míos, pero me cuesta tanto. Duermo cerca del que era mi hogar y lo siento tan lejos. No veo luces en las ventanas ni percibo olores, sólo soledad. La soledad es turbia, demasiado turbia, no tiene piedad. Necesito un rincón, aunque sea un pequeño rincón donde recogerme y recordar quien era. Eran los espacios donde de pequeño me escondía, eran los lugares del encuentro con uno mismo. Da igual si hay basura o malos olores, pero necesito un rincón, el que sea. Esta ciudad es demasiado grande, no hay hueco para mí. No comprendo que siendo yo tan pequeño y la ciudad tan grande no vea lugar para mi alma. Han cerrado todo. Todo está enmarcado, disuelto en imágenes que no me pertenecen. Hay demasiado ronroneo y murmullo de cosas, pero nadie me habla, ni una palabra. Los escaparates han cercado sus escaleras, las plazas han borrados sus bancos. No me queda donde dormir, y sin embargo todo es tan grande. Echo de menos mi hogar, y todas las noches me acerco para ver si la puerta ha quedado medio entornada. Hay cadenas que la cierran, el acero me avisa de que ahora ya soy un intruso. Un intruso al que no le queda casi fuerza para entrometerse, al que las manos le duelen por el frio. Todo es demasiado grande y yo muy pequeño. Hace no mucho tenía mi hogar, era dueño de mi alma. Ahora, ya no queda nada.

Caminar dolido



Hoy duele caminar, un poco más que ayer, quizás menos que mañana. Duele en los tobillos, en las piernas, en las manos. Duele el olor continuo de la despedida, el amor perdido, la disolución del adiós. Tengo que reconstruirte, ponerte en otro lugar para evadir las barreas que me separan. Me levanto con lentitud y te recuerdo, me pesan los párpados, no pronuncio palabra. El silencio acompaña mi paso; mi caminar dolido. Te veo cada noche y me llamas, murmuras cosas en mis oídos y el ronroneo se diluye en el día. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde estás? Escucho tu voz pero no te veo. Espero hacerlo mañana, poder hablarte, decirte tantas cosas que no te he dicho. Espero preguntarte por las dudas que me aterran,  que me abraces y que no te despidas; que te quedes. Sigo ahí, esperando, porque todavía no logro resituarte, sigues en la misma dirección del mapa, en la misma casa junto a la montaña. Te llamo y no respondes; tan sólo en mis sueños. ¿Dónde están las flores transparentes, dónde el agua dulce que se bebe? Las he buscado noche tras noche, demolido por la búsqueda, embrutecido por la ira de haber perdido su rastro. Todavía queda mucho y aunque llegue siempre quedará un poco. Por mucho que lo intente y aunque pierda la vida en ello, siempre quedará un poco. Ese es, quizás, el terrible final. Por  muy cerca que me quede de ti, nunca llegaré a estarlo tanto como lo estuve. Eso creo ahora, mañana no lo sé. Escribo en el día a día, desde el despojo cotidiano y no espero nada más. Pero sigo buscando, mañana, pasado, toda la semana, y así seguiré.


miércoles, 8 de mayo de 2013

Leve


Del todo absurdo tratar de describir un lugar que es creado a cada instante por el aire, la luz, la sal marina... el aroma de la brisa mediterránea. Esta casa, o quizás este barco varado a escasos metros de donde rompen las olas, parece que lleva ahí una eternidad cuando en realidad, una realidad que a nadie verdaderamente le importa, han pasado a penas dos años desde que su dueño terminó su ampliación y comenzó a habitar plenamente en su espacio y me atrevo a decir que su propio mundo. Quiso el destino que así fuese...
Quizás aquí solo quepa expresar sensaciones que evoquen algunos instantes del encuentro, como anécdota que por su intensidad o por su capacidad de devolver el impulso soñador al alma, merezca la pena ser recreada.

Su techo hacía de cielo protector... 
estar inmerso en una nube, disuelto en el espacio o levitar desde el centro del paisaje...
desplegar las alas, ir y venir, salir por una puerta casi rozando el suelo, entrar por una ventana, salir por un lucernario, volar dentro y fuera, planeando más allá del horizonte adivinable... no hay manera de sentir obstáculos; nunca se me ocurrió creer que los hubiese aquí, en esta fusión de aires, de luces, de espacios... en una experiencia inmaterial de ser todo alrededor, ingrávido, incorpóreo, etéreo... siendo la experiencia sensorial que colma, que fluye de un instante al siguiente sin necesidad de detener el tiempo y sin conciencia de que sigue pasando, de que ya nada puede ser como antes... y de que la memoria, tal vez, quizás, en algún momento emerja recreando lo vivido en aquel viaje al paraíso