Juan Moreno Ortolano
En Punta Cana, República Dominicana, el mar Caribe y el océano Atlántico se unen en un abrazo palpitante. Siglos atrás, estos dos enamorados de aguas inmensas decidieron no separarse nunca para profesarse un amor eterno. La eternidad y su fraternidad, de acuerdo mutuo, quedaron selladas hasta que el hombre, con su llegada y su visita inoportuna, vistió las aguas de sangre, pólvora y guerra.
Hasta ese momento, todo había sido de una transparencia azul más propia del paraíso terrenal, más propia de dioses y reyes cautivos y misericordiosos que de una humilde tierra destinada a ser la casa de los mortales. Y fueron los mortales, precisamente, quienes comenzaron a «ordenar» la naturaleza y sus huellas espontáneas y llenas de vida, para derramar sus arquitecturas y construcciones sobre sus confines marítimos.
Ahora, siglos después, los atisbos de una conciliación aún quedan lejos. El hombre tecnológico domina el mundo con asombro y maneja todo a su antojo.
Las guerras pasadas parecen resueltas, pero se percibe otra contienda silenciosa e igualmente cruenta: aquella que concierne a las arquitecturas que invaden con obstinación los límites de los mares que las circundan. Todas ellas no aprendieron nada de sus predecesores amorosos, de aquellos dos mares que continúan, hoy día, enarbolando una fraternidad fecunda.
Si dos mares quisieron abrazarse en hermosa sinfonía para siempre, ¿qué nos pasó a nosotros, los hombres, que desvanecimos todo deseo de conciliación entre nosotros y la tierra madre, todo deseo de relación amorosa con el contexto y el bellísimo paisaje que se nos brindó para hacerlo?
Punta Cana, República Dominicana. 2 de octubre de 2026
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