sábado, 29 de junio de 2013

Desahucio


En la mañana ha llegado. Ha llegado el desahucio del alma. Nada físico, toda el alma ha sido expulsada del hogar, sin miramientos, sin esperas. He volado a golpes desde la ventana, partiendo los vidrios con mi frente. No han querido escucharme. No han hecho caso a mi memoria, a mi identidad. Queda ahora un silencio aterrador, el que me separa de mi hogar. Mi casa era mi alma, mi sueño, mi cobijo de sentimientos. Después de todo lo que ha sucedido no sé qué hacer. El barrio; junto a mi casa, se hace enorme para mi cuerpo, tengo pequeñas historias en mi cabeza, demasiado pequeñas que no soy capaz de cubrirlas con el cielo. No es suficiente. Dicen los poetas y las ilusiones emocionales que el primer techo del alma es el cielo, pero no lo veo. Cada día que pasa, desde que me echaron de mi hogar, me siento desnudo, todo es demasiado grande y yo demasiado pequeño. Y el cielo por mucho que digan, ha borrado la poesía por el barro helado, el que cae cuando llueve y moja la manta con la que me tapo. No queda nada, casi nada de calor, y hoy hace mucho frio. Espero que el barrio decrezca, se haga algo más pequeño. Espero escuchar las risas de otros y sus sueños y hacerlos míos, pero me cuesta tanto. Duermo cerca del que era mi hogar y lo siento tan lejos. No veo luces en las ventanas ni percibo olores, sólo soledad. La soledad es turbia, demasiado turbia, no tiene piedad. Necesito un rincón, aunque sea un pequeño rincón donde recogerme y recordar quien era. Eran los espacios donde de pequeño me escondía, eran los lugares del encuentro con uno mismo. Da igual si hay basura o malos olores, pero necesito un rincón, el que sea. Esta ciudad es demasiado grande, no hay hueco para mí. No comprendo que siendo yo tan pequeño y la ciudad tan grande no vea lugar para mi alma. Han cerrado todo. Todo está enmarcado, disuelto en imágenes que no me pertenecen. Hay demasiado ronroneo y murmullo de cosas, pero nadie me habla, ni una palabra. Los escaparates han cercado sus escaleras, las plazas han borrados sus bancos. No me queda donde dormir, y sin embargo todo es tan grande. Echo de menos mi hogar, y todas las noches me acerco para ver si la puerta ha quedado medio entornada. Hay cadenas que la cierran, el acero me avisa de que ahora ya soy un intruso. Un intruso al que no le queda casi fuerza para entrometerse, al que las manos le duelen por el frio. Todo es demasiado grande y yo muy pequeño. Hace no mucho tenía mi hogar, era dueño de mi alma. Ahora, ya no queda nada.

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