Se sentaron enfilados en el largo banco corrido, ataviados con sus móviles. El lugar circundante se había dispuesto para la larga conversación saboreada, pero nunca nadie llegó a pronunciar palabra. El mundo del compartir, del aproximarse al otro, había quedado ensimismado en la pantalla azulada de sus dispositivos de última generación. Todo su viaje había quedado reducido a eso: verse envueltos en la pequeña superficie de cristal líquido sofisticado en el que atentamente fijaban su mirada. El cuerpo, acompañando este concierto mudo, feneció también en su expresión no verbal. Se trataba de una enumeración de cuerpos, aditiva, dispuesta como un batería militar sobre el paisaje de verdor y poesía arbolada de su alrededor.
Sí, a pesar de todo. A pesar del clamor florido y el concierto centenario de arquitecturas que salpicaban el lugar en el que se encontraban. A pesar de las voces ancianas que con su amabilidad invitaban a la compra de sus trabajados enseres. A pesar del piar y arrullar concertado de la fauna que inundaba este hermoso paraje. Sí, a pesar de todo ello, la ciudad quedó apagada en los cuerpos muertos de estos audaces tecnológicos: hombres y mujeres; adolescentes y niños. La palabra, cuando pudo entrelazarse, solo fue un breve cumplido, un ahorro energético sin cruzar mirada, sin alzar cabeza. La complicidad se extinguió.
Todo su mundo había quedado encerrado. Toda posibilidad del compartir entre ellos se sabía incómoda. La palabra, pues, se volvió ataúd. Y la conversación apasionada quedó para el libro de los recuerdos y el rememorar de los abuelos más ancianos. La ciudad, con sus muros cargados de batallas, avatares y singulares acontecimientos, había perdido para sus huéspedes transitorios toda posibilidad de fascinación.
Sentado, atónito y en la proximidad física, pude contemplar como todo este paisaje realmente se había convertido en una gran ruina de ruido y bestialidad fantasmal, un escenario congelado inhóspito, incapaz de captar la atención de sus visitantes: incapaz de seducir el mínimo necesario que invitaría a la fiesta del compartir. Todo, sin embargo, había quedado reducido a aquel pequeño mundo interior y digital, el de la mirada absorta, inexpresiva: la de un cadáver que cree estar gozando de buena salud.
¿Dónde quedó aquel poder cautivador que invitaba a sus visitantes a envolverse en la carne de la ciudad? ¿Y dónde quedaron sus visitantes, los que siguen insistiendo en escuchar el canto matutino y sigiloso silbido urbano de su noche?
6 de junio, Acacías
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