Ella se despidió anoche: su última palabra
Sonó a despedida de culpa, de quien culpa y no es culpable de nada.
Sonó a sonrojo y herida, de quien ha sido herido y no hiere.
De quien ha padecido estruendo y quebranto, pero no reconoce su golpeteo y retintineo en el otro.
Su despedida. Sí, su despedida, sonó a quien creyó haberse subido a un tren del amor hacia ninguna parte, sin saberse maquinista de su propio destino.
Sonó a quien considera al otro déspota y tirano, y se mira leve, como la lluvia que apenas moja.
Sé que tu despedida volvió a arrojarme todo, todo lo malo de nuestra historia. Y todo el dolor que padeciste por ella.
Pero yo también padecí, también excavé a las profundidades. Y por eso mismo. Justamente por eso, no podré despedirme nunca.
La despedida sería aquí, y bajo esta luz transparente del presente, una vulgar y escondida escenografía
¿Cómo podría despedirme de un amor que tocó y resonó tan adentro y ha decidido quedarse para siempre?
¿Cómo podría despedirme, aunque fuera a golpes salvajes, de una huella de amor que ha pasado a ser mi propia arquitectura, mi propio alfabeto del cuerpo y el alma?
Lo siento mucho. No podré fingir como creo tú ayer fingiste, acalorada por el arrebato.
Lo siento. No, no podré desprenderme. Jamás podré desprenderme de ti. Porque esta lluvia, este bálsamo que ahora refresca y caldea mi vida ha sido y es parte del sufragio de tus ideas y ternura. Porque se alumbró bajo tu luz y tierna esperanza.
Lo siento. No me vestí de actor para despedirte. Al contrario, se me cayó todo. Estoy desnudo ante ti.
Lo siento. Sí, lo siento. Esta herida es mía, tanto como tuya. Y esta lágrima interminable es mía, tanto como tuya.
Porque ahora sé que te quedaste para no despedirte nunca
18 de mayo de 2026. Acacías, Colombia.

































