La carretera, en aquel viaje por los Balcanes, fue mi abrigo. Mientras todo parecía plegarse al accidente y al dramático discurrir de la realidad, encontré en ella un lugar de refugio. Frente a la mirada que insiste en el blanco y negro, la carretera abría un espacio distinto, suspendido entre ciudades y paisajes.
La que siempre había sido un medio para enlazar territorios, terminó convirtiéndose en el propio espacio del acontecimiento. Ya no se trataba únicamente de movilizar un cuerpo, de transportarlo de un lugar a otro. El coche se convirtió en la casa durante dos meses y medio. El no lugar se transformó en lugar.
Fue entonces cuando encontré uno de los primeros grandes hallazgos de aquel viaje: la casa no existe, al menos no como realidad física. La casa es una apropiación que trasciende los muros. Es un modo de habitar. No tiene tiempo y tampoco fronteras.
¿Cómo puede ser que dormitar en el habitáculo de un vehículo llegue a resultar tan placentero, o incluso más, que hacerlo en el dormitorio ordenado y cuidadosamente elegido de una casa?
Quizá porque esa casa con ruedas se había desprendido de casi todo. Apenas contenía unas pocas cosas, las imprescindibles. Son las demás —las que acumulamos en trasteros, armarios, cajones o en los pliegues del cuerpo y de la memoria— las que terminan ocupándonos por dentro, sin dejar recoveco para vaciarnos. Son ellas las que nos cargan de un peso que apenas deja sitio para que algo nuevo pueda acontecer.
Para viajar hay que vaciarse. Para vivir también.
Este fue un viaje sin apenas cosas. No por austeridad, sino por libertad. Porque solo cuando uno se desprende de lo superfluo puede acercarse a otro mundo distinto y colorido, el que queda derramándose en su interior.
Solo entonces aparece la ciudad.
La ciudad necesita ser escuchada con toda su intensidad; de lo contrario, termina reducida a la superficie de una fotografía o selfi. Cada ciudad es una invitación a la transformación. Pero transformarse exige abrirse. No basta con el cerrojo cultural que arrastramos, la educación recibida o las certezas aprendidas. Hay que desprenderse de ellas y dejar que la desnudada adherencia haga el resto.
También conviene desprenderse de la duración. Para empaparnos verdaderamente de un lugar, el viaje debe liberarse del peso del tiempo y de sus coordenadas. Solo así la experiencia deja de medirse en días y comienza a medirse en intensidad y sueños.
Quizá el viaje sea el mejor lugar para preguntarse por el significado de la propia existencia. La aventura de recorrer ciudades, atravesar fronteras y habitar países diferentes desdibuja lentamente nuestro sentido de apropiación y de patria, de arraigo y pertenencia. Cuando uno se entrega de verdad a lo desconocido, comprende que las ciudades ya no son únicamente lugares de visita o recorrido urbano, depositarios de la historia vivida y de sus transformaciones sociales o culturales.
Poco a poco comprende que ellas comienzan también a habitarlo, a habitarnos.
Comprende que ya nos han transformado
*Viaje por Los Balcanes. 8300 Kilómetros. Dos meses y medio