“El mundo que nos rodea es tremendamente complejo, pero las lentes o reglas que utilizo para observarlo y aproximarme a su orilla son cada vez más sencillas"
John Musti
“El mundo que nos rodea es tremendamente complejo, pero las lentes o reglas que utilizo para observarlo y aproximarme a su orilla son cada vez más sencillas"
John Musti
Se sentaron enfilados en el largo banco corrido, ataviados con sus móviles. El lugar circundante se había dispuesto para la larga conversación saboreada, pero nunca nadie llegó a pronunciar palabra. El mundo del compartir, del aproximarse al otro, había quedado ensimismado en la pantalla azulada de sus dispositivos de última generación. Todo su viaje había quedado reducido a eso: verse envueltos en la pequeña superficie de cristal líquido y sofisticado sobre la que fijaban atentamente su mirada. El cuerpo, acompañando este concierto mudo, feneció también en su expresión no verbal. Se trataba de una enumeración de cuerpos, aditiva, dispuesta como una batería militar sobre el paisaje de verdor y poesía arbolada que los rodeaba.
Sí, a pesar de todo. A pesar del clamor florido y el concierto centenario de arquitecturas que salpicaban el lugar en el que se encontraban. A pesar de las voces ancianas que, con amabilidad, invitaban a la compra de sus trabajados enseres. A pesar del piar y el arrullar concertado de la fauna que inundaba este hermoso paraje. Sí, a pesar de todo ello, la ciudad quedó apagada en los cuerpos muertos de estos audaces tecnológicos: hombres y mujeres, adolescentes y niños. La palabra, cuando lograba entrelazarse, apenas era un breve cumplido, un ahorro energético sin cruzar la mirada, sin alzar la cabeza. La complicidad se extinguió.
Todo su mundo había quedado encerrado. Toda posibilidad de compartir entre ellos se sabía incómoda. La palabra, pues, se volvió ataúd. Y la conversación apasionada quedó para el libro de los recuerdos y el rememorar de los abuelos más longevos. La ciudad, con sus muros cargados de batallas, avatares y singulares acontecimientos, había perdido para sus huéspedes transitorios toda posibilidad de fascinación.
Sentado, atónito y en la proximidad física, pude contemplar cómo todo aquel paisaje se había convertido en una gran ruina de ruido y bestialidad fantasmal, un escenario congelado e inhóspito, incapaz de captar la atención de sus visitantes; incapaz de seducir lo mínimo necesario para invitar a la fiesta del compartir. Todo, sin embargo, había quedado reducido a aquel pequeño mundo interior y digital, el de la mirada absorta e inexpresiva: la de un cadáver que cree gozar de buena salud.
¿Dónde quedó aquel poder cautivador que invitaba a sus visitantes a envolverse en la carne de la ciudad? ¿Y dónde quedaron sus visitantes, los que siguen insistiendo en escuchar el canto matutino y el sigiloso silbido urbano de su noche?
6 de junio. Acacías
Esta ciudad no tiene morfología.
Abandonó la métrica y la disciplina del diseño.
Se abrió como las tripas orgánicas de un animal muerto que busca resucitar.
Y resucitó sin historia.
Sobrevoló su pasado, pero no pudo encontrarlo: no existía.
Los hombres se encargaron de extinguirlo.
O su nacimiento nunca quiso tener historia y tradición.
La tradición queda impresa al nacer,
como quien ya se sabe envuelto en el cariño que le profesan sus padres y abuelos.
La tradición no es un deseo; es un derecho humano anclado en nosotros desde que nacemos.
Aparece como un acto mágico que nos señala la cuna de la que provenimos: un mapa seguro de regreso a casa cuando nos hallamos perdidos.
¿Por qué hemos mitigado el valor y el calor de su abrigo?
¿Por qué la ciudad insiste tanto en borrar sus huellas centenarias, las que protegen de la lluvia fría y de sus tempestades?
¿Acaso el hombre no ha sabido contenerse?
¿Acaso hemos perdido todo atisbo de memoria?
¿Acaso ya no queda aquí nada donde podamos reconocernos?
5 de junio, Acacías. Colombia
Ella se despidió anoche: su última palabra
Sonó a despedida de culpa, de quien culpa y no es culpable de nada.
Sonó a sonrojo y herida, de quien ha sido herido y no hiere.
De quien ha padecido estruendo y quebranto, pero no reconoce su golpeteo y retintineo en el otro.
Su despedida. Sí, su despedida, sonó a quien creyó haberse subido a un tren del amor hacia ninguna parte, sin saberse maquinista de su propio destino.
Sonó a quien considera al otro déspota y tirano, y se mira leve, como la lluvia que apenas moja.
Sé que tu despedida volvió a arrojarme todo, todo lo malo de nuestra historia. Y todo el dolor que padeciste por ella.
Pero yo también padecí, también excavé a las profundidades. Y por eso mismo. Justamente por eso, no podré despedirme nunca.
La despedida sería aquí, y bajo esta luz transparente del presente, una vulgar y escondida escenografía
¿Cómo podría despedirme de un amor que tocó y resonó tan adentro y ha decidido quedarse para siempre?
¿Cómo podría despedirme, aunque fuera a golpes salvajes, de una huella de amor que ha pasado a ser mi propia arquitectura, mi propio alfabeto del cuerpo y el alma?
Lo siento mucho. No podré fingir como creo tú ayer fingiste, acalorada por el arrebato.
Lo siento. No, no podré desprenderme. Jamás podré desprenderme de ti. Porque esta lluvia, este bálsamo que ahora refresca y caldea mi vida ha sido y es parte del sufragio de tus ideas y ternura. Porque se alumbró bajo tu luz y tierna esperanza.
Lo siento. No me vestí de actor para despedirte. Al contrario, se me cayó todo. Estoy desnudo ante ti.
Lo siento. Sí, lo siento. Esta herida es mía, tanto como tuya. Y esta lágrima interminable es mía, tanto como tuya.
Porque ahora sé que te quedaste para no despedirte nunca
18 de mayo de 2026. Acacías, Colombia.
Estamos muy contentos de haber participado en los cursos de doctorado que organiza la Pontificia Universidad Católica del Perú, desde su Facultad de Arquitectura y Urbanismo. Acompañado por los profesores, estudiantes de doctorado y por la directora de estas jornadas, Susana López, hemos podido compartir nuestra experiencia de investigación de doctorado y el recorrido vital que arropó nuestro trabajo. Muy agradecidos por esta fértil experiencia.
'Al detenernos tanto tiempo en el autoconocimiento corremos el peligro de abandonar o descuidar el hermoso legado planetario que nos rodea. La autorreferencialidad tiene que ligarse o dialogar con el conocimiento del mundo, aunque sea apenas casándose con sus principales líneas maestras. La huella o pincelada de la Tierra cobrará un valor o significado infinito cuando sepamos conjugar la exploración del "yo" con el saludable equilibrio de la adherencia biocultural y orgánica, la que aporta el viaje y el reconocimiento de los territorios, más allá del conocido. Mucho más allá del lugar o nación en el que hemos nacido. Me atrevería a decir que solo así el hombre llega casi a completarse. Y es que este último fin o desafío es del todo imposible e improbable’
John Musti
“De
aquella semilla esta siembra,
de
aquel nacimiento esta luz.
De
aquella batalla esta paz,
de
aquel crepúsculo nuestro amanecer”
"Únicamente al extinguirnos abriremos la posibilidad de comenzar una nueva era de amabilidad, empatía y proactividad planetaria"
John Musti
No fue una sola voz.
Fue un temblor bajo la piel,
apenas perceptible,
como cuando algo empieza a mudar
sin que todavía se note.
Algunos lo sintieron en diciembre.
El cuerpo exhausto,
la savia bajando,
y una alegría impuesta llamando a la puerta
cuando aún no había terminado el repliegue.
Otros lo sintieron en enero.
Cuando se les pidió comenzar
con las manos todavía húmedas de despedida,
enterrando lo que no había muerto del todo.
—Se acabó —dijeron las fechas.
—Empieza de nuevo.
—Avanza.
Y muchos cuerpos no pudieron.
No por fragilidad.
Porque estaban vivos.
Había cuerpos cerrando.
Cuerpos gestando en la oscuridad.
Cuerpos vacíos que necesitaban quietud
para no romperse.
Pero el calendario no escucha.
El calendario decreta.
Traza finales exactos
sobre procesos inconclusos.
Anuncia comienzos luminosos
donde aún no hay pulso.
—Es solo una fecha.
—Así funciona el mundo.
Y así comenzó la violencia lenta.
La que no deja marcas visibles.
La que exige adaptación
mientras algo se desplaza de su lugar.
La de brindar sin sed.
La de prometer sin deseo.
La de sonreír
cuando el cuerpo pide sombra.
Muchos se forzaron.
Apretaron la mandíbula.
Alinearon propósitos.
Ordenaron agendas
para no escuchar el desajuste.
Otros sintieron algo más hondo que el cansancio:
una vergüenza muda.
—¿Qué me pasa?
—¿Por qué no arranco?
Nadie les dijo que no estaban rotos.
Que lo que no encajaba
era el ritmo.
El calendario avanzó.
Siempre avanza.
Enero cumplió.
Febrero obedeció.
Las semanas se alistaron
y se alinearon como soldados.
Desde fuera, todo funcionaba.
Por dentro, algo se estaba rompiendo despacio.
Cuerpos empujados a empezar
cuando todavía estaban despidiéndose.
Cuerpos obligados a producir
con el duelo alojado en los huesos.
Cuerpos que sabían —sin palabras—
que algo había terminado
y no tuvieron permiso para honrarlo.
Pero la vida no era eso.
La vida era un animal antiguo.
Tenía estaciones invisibles.
Mudas lentas.
Tiempos de repliegue
que no cabían en ningún calendario.
Algunos enfermaron.
Otros se endurecieron.
Otros se volvieron precisos y vacíos.
Y unos pocos —muy pocos—
hicieron algo distinto.
Dejaron de violentarse.
Siguieron usando el calendario,
porque el mundo lo exige,
pero retiraron de él
la obediencia interior.
Permitieron que el año terminara
cuando terminó.
Permitieron que el nuevo comenzara
cuando algo, por fin,
se movió.
No lo anunciaron.
No lo defendieron.
No lo explicaron.
Simplemente escucharon.
Y en ese gesto mínimo,
casi invisible,
algo volvió a su sitio.
No el sistema.
No el orden.
El corazón.
Porque cuando la vida deja de forzarse,
el tiempo se vuelve latido.
Aprendiz
Aprendiz
de cuna y en el crepúsculo de la vida
Aprendiz
al nacer y al morir
Aprendiz
de amor y amistad
Aprendiz
de ciudad y paisaje
Aprendiz
de conocimiento
Aprendiz
de concierto y certezas
Aprendiz
de incertidumbre y pérdida
Aprendiz
de viaje, descubrimiento y sorpresa
Aprendiz
de amanecer, atardecer y noche
Aprendiz
de nostalgia y ensoñación
Aprendiz
de comienzo y de final
Aprendiz. Sí, aprendiz
Siempre un rendido aprendiz
De
no ser así no habré de aprender nada
Riva
Ligure, Italia. Acariciando noviembre. 2025
La lágrima peregrina
Acomodada la lágrima ha decidido viajar a las postrimerías del llanto. En su nacer, esta lágrima rebelde, decidió exiliarse para llorarse sola. Y sola quedó, aceptando su orfandad de llanto.
Pero es tanta la soledad que sintió que no pudo
aguantarla. Pronto comprendió que la lágrima solo limpia cuando canta en el
concierto sostenido del llanto abierto. Pronto supo que haberse encondido,
prófuga, la arrastraría al fango oscuro al que nadie accede. La lágrima ha
nacido para compartirse con sus iguales. Ha nacido para rebelarse infinita en
la rotura inacabable del corazón que arrastra un duelo.
Es
incapaz de lavar, por sí sola, todo un corazón devastado, inmenso en sus
recovecos, hendiduras y laberintos. Esta lágrima inicial, depuso su vuelo o
quiso volar sola. Por eso perdió sus alas. Y tuvo que perderlas para
preguntarse por su verdadera naturaleza.
Para
lavarse en la pérdida no basta con una tímida bocanada de agua tibia, no alcanza
con la impetuosa salpicadura de la lágrima única y refugiada, casi cobarde.
Solo el estruendo del llanto ensordecedor, de la multitud lacrimógena, será
capaz de limpiar al corazón herido y padecido. La lágrima que inició, en
consecuencia, este viaje huérfana y desnuda, será ahora vendaval que sacude al
cuerpo, un llanto en comunidad adherido al corazón. A borbotones canallas, sin
medida y sin freno.
Siendo
así, el llanto cumplirá con su cometido y la lágrima volará infinita
Belgrado, Serbia. Octubre 2025
En ese estado en que ya no se espera, o mejor aun, cuando se ha dejado de esperar, llega sin ser notado el instante en que se cumple el sincronizar de la vida con el ser; de la vida propia en su aislamiento con la vida toda; del propio ser vacilante y desprovisto, con el ser simple y uno.
María Zambrano