viernes, 18 de septiembre de 2026

La revelación




Viajaba desde Venecia y llegué a Garessio, Italia. La tarde era leve. El otoño caía en sus últimos suspiros. Las hojas de los árboles destellaban un colorido infinito, amarillo y dorado, que salpicaba ríos, lomas, montañas y los tejados de las casas. Aquel atardecer, en el Piamonte italiano, parecía anunciar algo. El paisaje concertaba en silencio, como si todo estuviera dispuesto para que algo sublime aconteciera.

Habíamos recorrido más de siete mil kilómetros. Durante todo el viaje, los lugares nos habían acercado al paisaje y a la ciudad. Habían inundado nuestro trayecto de sonoridad y color. La carretera se había convertido en aliada y asilo. Pero ya no esperábamos nada más. Todo parecía estar cerrándose, como una larga Odisea que comienza a intuir su final.

Estaba equivocado.

Aquella pequeña población, cruzada por ríos y acompañada por montañas, silenciosa hasta la extenuación, guardaba todavía una última sorpresa. La arquitectura barroca del Piamonte italiano nos había llevado hasta allí, como si el viaje necesitara demorarse un poco más antes de terminar.

Las calles empedradas permanecían calladas aquella tarde. Mudas. Los negocios y las tiendas estaban cerrados. El pueblo había entregado su voz a los pájaros cantores, al vociferar del río y a una levísima ventisca que acariciaba nuestro rostro mientras caminábamos.

El recorrido nos llevó por una ruta entre las montañas. Pero, en su declive, casi al final, algo nos empujó hacia una iglesia. Su portada barroca parecía invitarnos a entrar.

Nadie respiraba fuera. Nadie respiraba dentro.

Al atravesar el umbral, todo pareció vaciarse de sonido. En el interior, las tres naves de la iglesia prolongaban aquel silencio, como si también allí se hubieran extinguido las últimas palabras del hombre.

Todo había quedado suspendido.

Aquella enorme y pacífica quietud parecía destinada. Era una puerta abierta, un conducto hacia la salvación. El escenario más desnudo que había contemplado jamás. Nunca había escuchado algo semejante. Un silencio de tanta paz.

¿Por qué se había detenido todo?

¿Y qué quería enseñarme?

Ahora lo tengo claro, aunque siempre haya huido de las certezas. Todo se detuvo. Todo fue silencio por una causa que no revelaré, para que no pueda ser nombrada. Para que no pueda volver a ser explicada desde la locura desmedida de la razón.

Solo desvelaré un detalle. Mi voz se extinguió y la ciudad se paralizó. Y entonces el silencio preparó su enseñanza:

Para escuchar hay que vaciarse.

Para vivir hay que guardar silencio.

Para emerger y volar desnudo hay que liberarse de lo acontecido.

¿Cómo podría haber sentido aquel canto, aquella voz colmada de la paz más pura que he escuchado nunca, si no hubiera sido gracias a aquella necesaria desnudez que había precedido al acontecimiento?

Todo sucedió, precisamente, cuando me había llenado de demasiadas cosas. Cosas que desbordaban el cuerpo y la mente hasta casi agotarlos, después de aquel colosal viaje por los Balcanes. La vida, el viaje, estaban nuevamente repletos. Había partido sin nada. Me había vuelto a llenar.

Tocaba, ahora, volver a vaciarse.

Tocaba, ahora, volver a escuchar.

 

Garessio, Italia. Últimos días de octubre de 2025

viernes, 11 de septiembre de 2026

La carretera y la ciudad




La carretera, en aquel viaje por los Balcanes, fue mi abrigo. Mientras todo parecía plegarse al accidente y al dramático discurrir de la realidad, encontré en ella un lugar de refugio. Frente a la mirada que insiste en el blanco y negro, la carretera abría un espacio distinto, suspendido entre ciudades y paisajes.


La que siempre había sido un medio para enlazar territorios, terminó convirtiéndose en el propio espacio del acontecimiento. Ya no se trataba únicamente de movilizar un cuerpo, de transportarlo de un lugar a otro. El coche se convirtió en la casa durante dos meses y medio. El no lugar se transformó en lugar.

Fue entonces cuando encontré uno de los primeros grandes hallazgos de aquel viaje: la casa no existe, al menos no como realidad física. La casa es una apropiación que trasciende los muros. Es un modo de habitar. No tiene tiempo y tampoco fronteras.

¿Cómo puede ser que dormitar en el habitáculo de un vehículo llegue a resultar tan placentero, o incluso más, que hacerlo en el dormitorio ordenado y cuidadosamente elegido de una casa?

Quizá porque esa casa con ruedas se había desprendido de casi todo. Apenas contenía unas pocas cosas, las imprescindibles. Son las demás —las que acumulamos en trasteros, armarios, cajones o en los pliegues del cuerpo y de la memoria— las que terminan ocupándonos por dentro, sin dejar recoveco para vaciarnos. Son ellas las que nos cargan de un peso que apenas deja sitio para que algo nuevo pueda acontecer.

Para viajar hay que vaciarse. Para vivir también.

Este fue un viaje sin apenas cosas. No por austeridad, sino por libertad. Porque solo cuando uno se desprende de lo superfluo puede acercarse a otro mundo distinto y colorido, el que queda derramándose en su interior.

Solo entonces aparece la ciudad.

La ciudad necesita ser escuchada con toda su intensidad; de lo contrario, termina reducida a la superficie de una fotografía o selfi. Cada ciudad es una invitación a la transformación. Pero transformarse exige abrirse. No basta con el cerrojo cultural que arrastramos, la educación recibida o las certezas aprendidas. Hay que desprenderse de ellas y dejar que la desnudada adherencia haga el resto.

También conviene desprenderse de la duración. Para empaparnos verdaderamente de un lugar, el viaje debe liberarse del peso del tiempo y de sus coordenadas. Solo así la experiencia deja de medirse en días y comienza a medirse en intensidad y sueños.

Quizá el viaje sea el mejor lugar para preguntarse por el significado de la propia existencia. La aventura de recorrer ciudades, atravesar fronteras y habitar países diferentes desdibuja lentamente nuestro sentido de apropiación y de patria, de arraigo y pertenencia. Cuando uno se entrega de verdad a lo desconocido, comprende que las ciudades ya no son únicamente lugares de visita o recorrido urbano, depositarios de la historia vivida y de sus transformaciones sociales o culturales.

Poco a poco comprende que ellas comienzan también a habitarlo, a habitarnos.

Comprende que ya nos han transformado

 

*Viaje por los Balcanes. 8300 Kilómetros. Dos meses y medio

 

 




















martes, 1 de septiembre de 2026

Buenos alimentos para vivir intensamente

 



«La única servidumbre que tenemos que aceptar es aquella que concierne a la muerte. Ahí tendremos, irremediablemente, que claudicar.

Mientras tanto, y hasta que llegue ese momento, solo puedo conocer una forma de vivir:

Hacerlo intensamente.»

John Musti