Esta calle es colorida como ninguna. Las gentes que la transitan asocian la vida compartida con la música que les acompaña en cada encuentro. La conversación se despliega entrelazada: voz y música se unen.
A veces resulta atronadora. Otras, se convierte en la manifestación de un código cultural que se reivindica cada mañana, cada tarde y cada noche. El extranjero o forastero podría llegar a entenderlo como un acto de mala educación, pero es, seguramente, la laguna cultural desde la que mira la responsable de su incomprensión. Esta cultura y sus gentes han nacido apegadas a la música, en una actitud ancestral vinculada a sus tradiciones. En cada mesa del bar, de la cantina o fonda, siempre junto a la calle, se sientan hombres y mujeres para dialogar y compartir. Y se escuchan. Parece imposible. Pero sí, se escuchan.
Seguramente el extranjero contempla este escenario con extrañeza, porque vuelve una y otra vez sobre la imagen añorada de su ciudad, con sus postales de gélido silencio y calles apenas habitadas por las palabras. Con todo ese orden sin fisuras, inquebrantable. Mira con los ojos de quien no se ha permitido compartir otra cultura y mide el mundo como si continuara caminando por la misma tierra que le vio nacer.
Para este forastero, la calle colombiana, irregular y escalonada, invadida por mesas, sillas y personas —algunas embriagadas—, es un destello de subcultura: la manifestación última de una sociedad desorganizada y caótica; un delito sin tipificar.
El extranjero anhela la gentileza urbana de la acera europea, limpia y liberada, preparada para el tránsito fugaz y dirigido, ese que siempre parece destinado a su final. No está dispuesto a soportar el estorbo de unas piernas cruzadas a su paso, las mesas desplegadas o el grito de asistentes alocados que cercenan el camino. La disciplina europea no pretende detenerse: hasta el caminar se ha convertido en producción y resultado.
Para el ciudadano colombiano, la calle es, por definición, el lugar del acto social, su esplendor civilizatorio. Pero su orden es distinto, porque no es métrico ni productivo. Tampoco es visual ni retiniano. Se ha convertido, pues, en un organismo vivo, oblongo y lleno de movimiento. No importa el desorden, ni la subida y bajada de su relieve desigual y accidentado, mientras sepa cumplir con su principal fin: invitar a la fiesta del compartir junto al sonido embriagador de sus músicas.
Definitivamente, esta es otra calle. Y éste, otro caminar. Mucho más de ellos que de nosotros, los que miramos en la distancia. Pero parece haber quedado claro que, mientras haya alegría y encuentro, poco importará cuánta cordura urbana exista o cuánta planimetría y precisión suiza se impongan: la calle seguirá siendo aquí de las personas que la habitan.
12 de junio. Acacías, Colombia
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