martes, 31 de marzo de 2015

Ideas sueltas en torno al taller de escritura de Amo_



1_ Como ya dije en este primer taller, la escritura debe entenderse como un proceso de transformación que simplemente acompaña a los que ya se dan en nuestro cuerpo y la vida. Otra trasformación silenciosa que va depurando poco a poco lo que somos en esencia. Aquella acepta la caducidad física y significativa de los acontecimientos y las cosas, generando un nuevo lugar que nace del dado y acompañado, pero que irremediablemente se renueva. De esta manera la escritura llega a permanecer pero nunca termina siendo la misma, como nuestro proceso de evolución o el de la propia ciudad, por ejemplo. La escritura se transforma y al mismo tiempo nos transforma a nosotros, al sujeto. Supone un cambio y la aceptación de un hecho fundamental que todo enunciado creativo o vital acarrea: el cambio como "estabilidad". Lejos de los juicios, las fisuras o la evaluación, la escritura es entendida como el lugar supremo de la aceptación, el caudal de la vida que se siente como el respirar y el caminar: desde toda su sencillez.

He querido expresar algunas ideas de esta manera, y que fueron recogidas en el esquema de arriba.



2_ Desde la misma senda interpretativa, la arquitectura siempre supone una transformación del "locus". El arquitecto es un "sujeto propagador", casi una prolongación de energías: el cuerpo y la vida del proyecto. Al menos eso es lo que deseo y siento que es la disciplina de la arquitectura. Otra cosa es la realidad.
























3_ De la imagen que hemos incluido, me quedé con una serie de cosas: de un lado la vulnerabilidad social y construida que refleja la imagen, pero al mismo tiempo la falsa "comodidad" urbana que la sociedad capitalista ha impuesto desde la voracidad económica en otros contextos muy diferentes a los de la imagen. De hecho, me planteé la oportuna elección de un "ayuno arquitectónico" que nos separara de todo ese cúmulo de falsas comodidades y necesidades que hemos asumido. Aquél paisaje "desarquitecturizado" no es otra cosa que el corazón dañado -aunque cubierto de buena piel- de las arquitecturas consumistas y especulativas que en el mundo europeo, y en concreto España, han expulsado a sus gentes para que vivan en la calle. Desgraciadamente no hay, hoy por hoy y de seguir así, tanta distancia entre este paisaje de llamas -aunque presagio de humildad y hogar-, y aquel que se esconde tras el derrumbamiento del estado de "bienestar" de los países que nominalmente insisten en su "desarrollo" evolutivo, y miran con asombro y sorpresa las postales e imágenes de este tipo.


martes, 17 de marzo de 2015

Habitarme en la escritura

Que la escritura me lleve a abrazarlo todo, o casi todo... que me ofrezca un mundo más amable y cercano; que barra mi casa por dentro. Que coloque cada mueble en el lugar más propicio para que al Habitar, este ser donde se respiran tantos lugares, se reconozca inmerso en un orden fuera de todo control, y en su expansión intemporal, acompañe cada latido, descubriendo en su fragilidad su máxima potencia.


Imagen tomada del libro MI DIOS FAVORITO
Beirut, Libano
El diablo no actua en la Tierra. Somos nosotros los responsables de nuestros errores. 
J.J. Benitez

sábado, 28 de febrero de 2015

La laguna




Como un dolor la laguna avanza. Como una siesta que se duerme y prolonga demasiado. A pesar de las búsquedas la ciudad nos espera. Hay que verla con cuidado o cerrar los ojos para escucharla, pero todos tenemos una laguna propia. No es el mar de nadie, sólo es el nuestro. Zarpar no sería la suerte del paseo en barco junto al resto. Esa fatalidad hay que asumirla. La colilla, el papel, el abandono de la ciudad no es cosa ajena ni delegable. Pero la sintonía siempre reprime al corazón solitario. Siempre preferimos sintonizar con el resto, escapar de la individualidad. No pretendemos vernos envueltos en las decisiones de la ciudad que se deciden en el milímetro más pequeño de nuestras manos. Por doquier se ven casos de ese falso consenso que se contenta con reciclar botellas, cartones y basura orgánica. Nuestro salón ha dejado, literalmente de ser la calle, el nudo, el barrio o la plaza. Todo se ha convertido en un inefable gusto por los aromas y la cosmética más superficial. Pero son los mismos que se perfilan como modistos, los que no se asustan al agredir a la ciudad con la caída de sus colillas o tirada de basura varia. Aquella laguna, aparece empobrecida por la pérdida de la soledad. Por una pérdida que se sustituye en falsas concurrencias y saludos. Por un malestar del sujeto que no ha añadido a su cesta de la compra un poco de viento y alegría. Se han visto todos, pues, envueltos en la misma tiranía vacía de las promesas de la ciudad. Ninguno ha querido oír de limpiezas que no sean pagadas o resueltas por los servicios de limpieza. Cuando uno se retira a esperar a que la voz llegue a su puerta, incurre en delito directo contra su autonomía y libertad. Pero la autonomía es de todo y en todo, no es sólo para esto o lo otro. Todo es incluido. Ahora que la ciudad se desgaja en periferias y griterío de supermercado, la laguna reflota como una epidemia vital que sanará más que su nominalismo. Perdidos o contaminados, sólo hay un camino hacia la ciudad: perderse. Perderse una y otra vez. Sin temor a ser vendido o violado por la seducción del comercio mudo. Sin temor a perder la laguna. La que a cada uno le corresponde. Y precisamente es corresponder, lo que debemos hacer con la ciudad. Corresponderla con la misma alegría social que llegó a nuestros brazos. Para que no muera más, para que sus heridas cicatricen, para que se oxigene a todo pulmón. Terminan los días que despiden ya el año. Y ahí queda la laguna, para acercarse y navegar. Con los ojos bien abiertos o bien cerrados, según se mire.




viernes, 30 de enero de 2015

Apuntes para la Vivienda entre limoneros




"Pasé más de una hora bajo uno de los limoneros de la huerta murciana... seguro que lo reconocería si regreso en unos días. No sólo por la posición, que me ayudaría a encontrarlo, sin duda; ante todo por su forma, que imagino ha cambiado muy poco en el transcurso de estas dos o tres semana. La forma de su tronco, será quizás lo que primero reconozca desde mi sentido visual, e incluso táctil. Algunas flores nuevas habrán aparecido y estarán ahí, con su singular aroma... generando esa condición atmosférica que hace tan deseable descansar o simplemente mirar como la vida se despliega en un incesante estar yendo. Otras formarán ya parte de la tierra, como también forman parte las que nacen, pero cada vez más tierra y menos flor. Con las hojas ocurría lo mismo. Ya lo viste en las fotos, querido Juanico, aunque no tenga nada que ver con sentirlo ahí, bajo las ramas de aquel limonero."



En estas primeras palabras quiero dejar claro todos nuestros intentos por haber pensado la vivienda desde la condición del lugar. Al final, nuestras energías no han resultado tan cautivadoras para el cliente y se han producido modificaciones importantes. Comienzo con las palabras de Nacho, que creo reflejan, mejor que ninguna otra cosa, la sensibilidad que se ha intentado plantear desde el inicio. Los primeros croquis plantearon una solución desde geometrías hexagonales que respondían en realidad a las orientaciones y vistas. Esa solución como puede verse en la planta final -no he podido incluirla porque el archivo es un adobe-, ha cambiado sustancialmente, aunque se atisban la ideas originales que nos acompañaron. Como ha pasado con la vivienda en Zaragoza, ésta lanza una declaración muy sotiana que ya vimos en la Casa Aversú del autor y su, por cierto, coincidente relación con el proyecto de Zaragoza. "No hay fachada". O lo que es lo mismo: la vivienda niega un punto relevante y jerárquico en su entrada. No enfatiza aquella relevancia que como sabemos fue una de las premisas más destacadas que buscó "demoler" la arquitectura moderna en sus metodologías de composición arquitectónica.  Quiero subrayar esta idea inicial porque supone una característica de identidad de esta vivienda y la de Zaragoza, aun siendo bien distintas. Con esta primera idea, lanzo un palazo para que podamos seguir pensando sobre esta idea y ya pasemos, de lleno, al espacio y su construcción.


Hoy recito



Hoy recito a las suelas de zapato rotas que interrumpen la carrera. Hoy recito a los pasajeros que dormitan con sus mantas en las estaciones de trenes. Hoy recito a los que cenaron ayer y hoy comen migajas. Hoy recito a los que viven hacinados con toda la familia porque la mitad  perdieron su techo. Hoy recito a los que hacen largas colas para pedir un plato de comida. Hoy recito a los que se vuelven locos por un pedazo de pan. Hoy recito a los vagabundos del mundo que ya no esperan nada. Hoy recito a la espera que ya no sirve de nada. Hoy recito a los que fueron esclavos y lucharon en su día por la libertad que hoy tenemos. Hoy recito por los “nadies” de Galeano, a los que yo también pertenezco. Hoy recito a los que se alimentan de alegría aun teniendo la despensa vacía. Hoy recito a los mileuristas porque ya no tienen ni eso. Recito, también, a los que ya no pagan los recibos y alumbran con sus velas el hogar. Hoy recito a los que han guardado la vergüenza para fregar los suelos de una cloaca. Hoy recito a la incertidumbre que se sienta en la mesa. Hoy recito para que no se vuelva más agresiva. Hoy recito a los mendigos de ideologías que se han cansado de palabras vacías. Hoy recito a la revolución porque el hombre sigue vivo para volver a hacerla. Hoy recito a la libertad de la pobreza porque no hay pan pero sí esperanza. Hoy recito a los que pierden su casa para dársela a un puñado de tiranos. Hoy recito a quien ofrece su hogar al que no la tiene para descansar junto al fuego. Hoy recito a la servidumbre de la tierra que se hiere cada día, para que no se haga más, y no sea demasiado tarde. Hoy recito al minuto de cada instante para que la cordura no nos lleve al mañana. Hoy recito a los cuentos navideños para que salgan de sus palabras y se hagan fiesta real. Hoy recito a los que siguen sin perder la esperanza. Hoy recito a las madres, con sus costuras protectivas de abrazos. Recito a los que las han perdido para que sepan que la tierra sigue estando. Recito a los huérfanos de todo, aunque vestidos con bisutería, para que sean cautos y guiñen el ojo al prójimo. Hoy recito al amor porque es la única salvación. Hoy recito a los que esperan el tranvía y viajan en él. Hoy recito a los huéspedes de la noche y la poesía, para que no decaigan y sigan componiendo sus versos. Recito a los muertos para que murmuren en su lecho de aire, y no olvidemos los que seguimos estando vivos. Recito a la vida porque sin ella estamos perdidos. Recito a la savia que corre por la venas y mantiene el paso del corazón abierto. Recito a la naturaleza porque no hay gobierno que al final pueda con ella. Recito a cada hombre y pequeña vida para que no se entretenga en tonterías y se viva a conciencia. Hoy recito a lo que soy porque no puedo ser más que eso, ni  mucho más que todo. Hoy recito por verme respirando, por ser sólo eso.

Y recito al mundo. Sí al mundo: por haberme acogido…

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Elegir el mundo



Todo se genera en base a una idea, una reflexión, una elección. No hay modernidad, ni modernidades, sino nomenclaturas. El nominalismo crítico y depredador ha desvirtuado la realidad. Ya no se trata de una ruptura o su cara opuesta: la continuidad. Ni siquiera se trata de vender bajo la publicidad amable su posibilidad. Tampoco interesa precipitar su enterramiento o su caducidad. La modernidad es puro nominalismo. Quizá, haya que ver que tampoco se trata de averiguar si ha muerto; no queda nada de ella o no ha acabado. O lo peor, es “inacabable” en palabras de Bauman. Se trata de poner al sujeto, al ser, ante su mundo, ante su elección.
Elegir esa parte sensible, sin lugar a dudas, nos pone ante un desafío crucial: tomar conciencia de nuestras posibilidades y elecciones. Augé delimita bajo su círculo de tiza un mundo que no puede considerase objetivo. Más bien es un “artefacto” modelado bajo la mente del que ve y piensa, escruta e interpela. El mundo, nuestro mundo elegido, es muy cauto y perezoso, gusta de la digestión y reproducción de los otros. El consenso sobre la modernidad origina una “zona de confort” intelectual que suele oprimir nuestra propia visión sobre los hechos. ¿Modernidad o modernidades? ¿Modernidad inclusiva o ilustrada? ¿Una alternativa a la modernidad? La despensa de la crítica y horizonte de la modernidad es tan grande, que la solución no estriba en la construcción de un observatorio escrupuloso sobre la misma, sino en la aventura de la apropiación individual. El lugar moderno, tan sugerido por la crítica, explica muy bien el proceso digestivo de la crítica. Sin embargo, hay algo que omite la generalidad intelectual: la elección del mundo, su operatividad. Cuando se alza el grito sobre los eriales de la arquitectura y urbanismo modernos, cuando se circunscriben las plataformas de comunicación aérea y terrestres a los “no lugares”, se omite uno de los valores y cualidades más intensos de nuestra naturaleza: la supervivencia; en todas sus manifestaciones: la económica, la cultural; incluido ese espacio tan deseado y aprovechable como es el amor. Sí, el amor, y su estado más embrionario; la seducción. Éste pone patas arriba los soportes de hormigón que encauzan las teorías separatistas de la modernidad. Olvidan su estática vida escénica y pervierten las entrañas de los sucesos consensuados de la crítica. Se ponen bajo su mentón y lanzan un golpe a su yugular. El lugar, quizá uno de los territorios expiatorios más encubiertos por la modernidad y sus secuelas (los post), se diluye cuando un individuo estúpido pero intrépido se propone lanzar su conquista en la cabina de un avión y lo consigue. Para muchos esto sería tertulia y rumorología descafeinada, pero para otros, sitúa y pone en entredicho una de las grandes cuestiones de la humanidad: nosotros elegimos hasta las heridas, los malos olores y humores. Nosotros elegimos qué modernidad somos…


"Pequeñas decisiones"


Resulta difícil vivir lejos de la trascendencia. Se hace complicado emprender la elección en las grandes escalas. Casi siempre embotamos la mente con presagios de grandes cosas, grandes decisiones. Vivimos para ofrecer: “creo que he venido a ofrecer algo al mundo” Los mismos gestos de esa empatía de escalas traen consigo una tormenta. Al levantarse la atronadora fuerza de la gran decisión se abre paso. Probar a decir que no es un inicio. Probar a desligarse de las grandes escalas es la confirmación. Estamos hechos de muchas unidades, somos millones y millones de sustancias. Si nuestra biología tiene tantos huéspedes, por qué nos hemos empeñado en quedarnos con uno sólo. Yo empezaría por una pequeña decisión. Fijaría mi atención en todos esos elementos inmensos e innumerables que nos constituyen. No hablo de hacer criba ni tampoco de selección darwinista. Generalmente las pequeñas cosas, las pequeñas decisiones, están tomadas mucho tiempo atrás, pero sólo hace falta eliminar la tierra que queda encima. No es necesario averiguar horas y horas qué hay que hacer y hacia dónde hay que dirigirse. Las moléculas del mundo no se paran a pensar ni se dedican a ver qué relación guardan con las otras: simplemente siguen un rumbo natural, dirigido y espontáneo al mismo tiempo. La pequeña decisión tiene un origen molecular. Cuando alza la cabeza en la mañana tiende a buscar la dirección de su vida. Hay como una necesidad de ubicación, de saberse dónde se está. Ahí surge un desdoblamiento que muchas veces provoca un vacío, una oquedad. Saberse envuelto en la pequeña decisión ayuda a desterrar el comportamiento encaminado al presagio o el porvenir. Su estado es tan natural, tan pequeño o minúsculo, que con muy poco las garantías del éxito están garantizadas. No hay vitalidad mayor que la que aparece conducida por la pequeña decisión. No puede haber lastre o drama, cuando esa elección, la más pequeña, es la única cosa que estamos dispuestos a realizar para partir. Porque si algo se aprende de ésto, es que no hemos venido al mundo, realmente, a rendir cuentas con respecto a las grandes programaciones que supuestamente tienen reservadas para nosotros. Todo el campo de la sabiduría interna comienza en un pequeño paso, el más insignificante de todos. De éste al siguiente. Y así sucesivamente. La pequeña decisión es una abertura que por su tamaño sólo se deja ver desde los ojos y el cuerpo vital de quien la ha tomado. Esa es su gran ventaja: sólo tú, únicamente tú eres el creador, el jefe de tu empresa. Tú pones los horarios y tomas las decisiones. Tú comienzas todo. Y tú lo comienzas todo con muy poco, con casi nada. Sin ninguna gran escala. Con una “pequeñísima decisión”.

sábado, 29 de noviembre de 2014

Una o dos palabras



¿Será suficiente una o dos palabras? ¿Será suficiente olvidar todo para medirse con el mundo? Una o dos palabras, como última llama de fuego o la primera, pero sólo esas dos. Esas dos para amanecer e inspirar aire al levantarse, para dar los buenos días, para acercarse al mercado y comprar fruta, para saludar a alguien en la calle, para sortear una confusión, para salvar un enfado ajeno, para dirigirme a las estrellas de una noche despejada. Para decir te quiero o te amo, para expresar amistad, para abrazar la soledad y no discutir por ella. Para una caricia bien sentida, para hablar en otras lenguas y contar otros cuentos e historias.
Una o dos palabras, como pantano de agua, como bebedero intelectual de las emociones. Sólo esas dos para construir caminos y no olvidar los ya hechos, para evitar el rencor y conversar con la alegría. Para ser tú más que nunca. Para hablar de ti tal como eres, sin arrogancia. Para visitar la ciudad escuchando, eligiendo las postales que tú únicamente creas. Para proveerse de piedras, cantos y guijarros evitando los diamantes. Para decir a quien se quiere, que no puede quererse más ni tan poco. Para emular al amor en una estación, en el check-in de un aeropuerto, en los arrabales. Para ser testigo de tu mundo sin pasajeros exteriores. Para moler el grano del trigo con la lluvia del amanecer.
Una o dos palabras, como silencio y paz individual, como transeúnte que no enseña y aprende en cada paso. Sólo esas dos palabras para la sinceridad y el abandono de la pose, para la creatividad originaria que todos tenemos. Para ser cumbre y lodo, pico de montaña y túnel subterráneo. Para ser bocanada y respiradero, viento helado y huracán. Para amar los árboles y cada criatura del mundo. Para ser amado y dejarse amar por ellos. Para salivar cada instante, para hablar con el tiempo sin premura. Para no esperar nada que no sea a ti mismo. Para desvanecerse y romperse. Para redefinirse y brotar. Para salpicar y sentirse manchado por los colores maravillosos del mundo. Para guardar la higiene en el corazón y ensuciar la piel a brochazos.
Una o dos palabras, a lo sumo tres, nada más. Como perpetuo fluido que nace y muere; se reinventa y transforma. Sólo esas dos palabras para sentir el mundo en su estado original, sin temor a estar descalzo junto a toda la locura de la vida. Para vivir cada día sin presagio ni nostalgia combativa. Para ser tan sencillo como un rumor. Para no tener nombre y tener el de todas las cosas. Para ser la tierra madre. Para ser arquitecto sin arquitecturas. Para ser amor desde el primer hálito y hasta el último. Para no perderse nunca por estar tan cerca de todo. Para ser sustancia, molécula, semilla…

Para ser vida…

Lugar: Encuentro con la parcela y la tierra en Pinoso (Jumilla)
 Metodología: Radiestesia y "una o dos palabras"...

sábado, 22 de noviembre de 2014

El proyecto y la lluvia



Amanece entre limoneros caídos por la debilidad. Se han apresurado por mirar, por alzarse en el cielo. Cuando protesté por la delicada tierra no me entendieron. Había vivido la sombra, la luz del sol bajo las copas de los árboles. Había sido testigo del alimento entre los dos planos más antiguos de la arquitectura: la tierra y el cielo. No caía una gota. Todo era luz a raudales. Un metro, un paso y la búsqueda de las escalas. Hay ahí algo olvidado o sometido a la sobreabundancia. Nuestro mundo no entiende de lluvias y proyecto. Se empeña en la sequedad y la dureza. Si nos afirmamos en un rumbo proyectual que se alimenta de las sombras de los árboles, pecamos de ingenuos y estúpidos. Pronto surgió la nomenclatura de los “limoncitos”: aquellos ser_es que viven y se ilusionan por un mundo de tierras y árboles. Que se empeñan en no vacilar en su defensa. Ahora que ha caído poca lluvia, la necesitamos encima del proyecto. Todo nació ahí, junto a los limoneros, pero sólo parece que ven su “insolencia”. Hasta aquí hemos llegado. Los cuerpos de sus troncos no son más que mercancía o escaparate, parecen verse como el rastro de otro mundo que ya no se toca o siente cerca. Yo sigo ilusionado con sacar la cabeza bajo la ventana. Sigo soñando con el azahar, con el brillo intenso del amarillo. Sigo creyendo en la rivalidad de los amarillos!! Y me he adelantado porque creo que veo o presagio parte de mi futuro. No lo traigo pero lo veo. No puedo creerme que necesitemos reconstruir lo que ya ha sido regalado o dado para nuestro disfrute. No creo que haya que divisar a lo lejos el paisaje en su espesor infinito, cuando éste se derrama tras nuestra puerta. ¿Y si cae un limón al agua de la piscina cuando me bañe? Seguramente será la señal de que hemos hecho bien las cosas o que, sencillamente, hemos dejado que se hagan solas. Las cosas están ahí por algo, obedecen a alguna extraña ley del viento y la lluvia, de las constelaciones. No son puro azar. Si me veo en aquella casa, tan cerca de ella para que sea verdaderamente mía, será porque he nadado entre los árboles, visitando todas sus hojas en la caída de la tarde. No quiero ni pretendo evadir el hecho de que cada palada que agite contra los troncos será mi propia ruptura, mi propia pudrición. El proyecto necesita de una lluvia, de una lluvia amable y serena. La que es capaz de despejar la mente. La que ayuda a saborear el mundo. Aquí llueve poco, pero llueven vientos en otoño e invierno, y las hojas caen torrencialmente cuando se las escucha. No me gustaría que fueran otros los que me contaran qué se escucha ahí fuera, a qué sabe la lluvia. No me gustaría ver a los lejos, enmarcando la vida en el horizonte. En cada rincón, el más próximo, se juega todo lo que hay que jugarse. En el milímetro entre las copas, en una rama, en el relieve desgastado por el tiempo de una hoja. Para mí todo el proyecto está ahí: en la lluvia, en la lluvia que no se da pero moja más que ninguna…


Lluvia al limón,
A su corazón.
Lluvia al amanecer que brinda verdor
A la luz que se derrama entre los muros silenciosos
Lluvia por doquier, sin mirar allí o aquí,
con la espera cuidada que cae desde el cielo.
Lluvia en la cubierta que viaja entre tejas
y cae sobre mi cabeza.
Lluvia de tornado de hojas verdes y emulsión amarilla
Con azul de crepúsculo e intimidad divina
Lluvia sin agua, de tierra y ramales de raíces
A la servidumbre propia de mis sueños

Tan sólo los míos…

jueves, 30 de octubre de 2014

Oblicuidad de la garganta




Cada vez que inspiro aire, hablo. Cada vez que me acerco a alguien, hablo. Hay un rastro seguido siempre en mí de palabras. Sólo palabras. Todo mi mundo es lenguaje, todo es interpretación. Medianamente mental o muy mental.
¿Qué sería de nosotros sin el lenguaje? ¿Habría otra forma de hablar? ¿Acaso más silenciosa?
¿No son las palabras tan sólo lenguaje y gramática suelta?. El silencio no es lugar en la garganta porque casi siempre aspiramos a decir más que el otro, a llevar la razón. Se trata de una garganta oblicua, no deja entrever la procedencia del lenguaje y puede que oculte la verdad. Susan Sontag escribió hace unos años sobre la necesidad del apagón crítico, la búsqueda de otra manera de mirar el mundo en la que no fuera necesario siempre pronunciarse. Un contra literal y veraz que amenazaba directamente la hegemonía crítica de nuestro mundo. Pero ya sabemos, la crítica no es sólo una necesidad nacida en la favorable y pacífica descripción del mundo, tampoco es, tan sólo, la puesta a punto de la historia; su ordenación para la digestión y comprensión de los hechos, es, antes que nada, un gesto de exhibición formal de nuestra vanidad.
Pero es extremadamente astuta, porque no se presenta, las más de las veces, desde una grosería invasora, sino que se inspira en un lugar aparentemente silencioso e inofensivo.
Es realmente difícil atisbar o ver la profundidad de su garganta porque el alzamiento de su voz se produce desde la oblicuidad.
Se vende serena. Incluso, se autoentierra. Desprende y arroja sus maletas vacías y pretende hacer creer que no hay nada  detrás de ellas, ninguna pretensión o ganancia.
¿Puede hablarse sin garganta, sin que en ella no haya más que el sereno encuentro con las cosas? ¿Puede haber otra garganta más transparente donde todas las voces, incluidas las más torpes, tengan cabida? ¿Es posible encontrar una interpretación que no niegue su posibilidad por no aventurarse desde el lenguaje? ¿Habrá palabras, como el maestro chino practicó con tanta sabiduría, que no hieran y pesen tanto en los rumores de la trascendencia? ¿Queda algo que no hablar, sin empezar, sin esperar, sin siquiera murmurar?
Todo depende de nuestra garganta, de si somos o no capaces de evadir el lenguaje para hablar con el mundo. De si somos capaces de tan sólo escucharlo. Qué más da entonces la oblicuidad de las gargantas. Qué más da que se empeñen en hablar más de la cuenta si nosotros ya hemos escogido el silencio como camino…


miércoles, 1 de octubre de 2014

Amadores del mundo




Amadores del mundo no cedáis!! No cedáis al empuje de los otros. No os empeñéis en imitarlos. Ya tenemos algo que nos diferencia. Somos más tontos e insensatos que ninguno. Nos hemos empeñado en ser felices con un puñado de arroz y hortalizas. Nos hemos empeñado en disfrutar de cada olor del amanecer, de cada sudor en la carrera de la tarde. Nos hemos preocupado en tener la ambición de la locura del instante, sin reproches al pasado y adelantamientos futuros.
 ¿Qué más da la gloria? ¿Qué más da llegar lejos? ¿Acaso no es llegar más lejos lo que reconcilia el paso con su tierra y tiempo? ¿Puede llegarse más lejos que estando aquí? ¿Puede llegarse más lejos que absorbiendo cada palabra, cada luz, cada segundo del ahora?
¿Es, de nuevo, más oportuno luchar por la trayectoria, por el acogimiento, por la reverencia y el aplauso? ¿Es más noble encaminarse, trabajando, a un futuro que ni siquiera se sabe si se vivirá?

Se ha dicho tantas veces, que quizá se peque de repetitivo, pero al instante le vamos a permitir, sin dudar, que se repita: que se exprese mil veces o un millón de veces, que sea tan fuerte que no quede nada fuera que subordine su presencia y audacia. Le vamos a otorgar todo. Desde nuestra estupidez hasta nuestra envidia. Porque el poder del instante es como el centrifugado de la mente. Absorbe los golpes y los transforma en caricias. Atrae a las bestias y las apacigua. Evita enfurecer y aporta toda una dosis de alegría. Por eso, hoy más que nunca, importa poco qué astuto plan hayan organizado los que creen haber ganado su puesto firme de funcionario. No hay despensa emocional más estéril que la que guarda su mercancía para años o siglos. Todo lo más que eso garantiza es, sin duda, la pudrición y el mal olor. La mente no puede conservarse en lata, ni puede alimentarse de acumulación o caducidades. Debe encontrarse en el vuelo, sin pan que masticar ni aceite que salivar. Cuanto menos acumule, mejor. Y la garantía para una despensa emocional sana, la pone el instante. Nadie que lo quiera o lo luche, podrá jamás esconder ni un trozo de jamón. Nadie que suspire por su cuidado, podrá encarcelarlo tras la vigía y el encubrimiento. Por eso es tan sanador, porque no tiene memoria ni nos prepara para nada. Sólo es duración interrumpida, desierto de lluvia. El instante no tiene padre ni madre, es desarraigo, es libertad, es la primera cueva fértil del hombre: el espacio menos construido, menos excavado, en donde el cuerpo de la arquitectura es, sencillamente, el cuerpo del hombre…

Celebración de Amo_arquitectura por su 100 cumpleaños y por el aprendizaje acumulado y todo el que queda por hacer. 

martes, 30 de septiembre de 2014

El olvido del habitante




“La arquitectura no se construye para ser “histriónica”, como sostienen algunos. A una ciudad que requiere tantos artefactos urgentes –como “una casa para cada uno”, escuelas, transportes –no le interesa que se coloquen esas guindas de pastel sobre sus desastres. Es algo estúpido”
Paulo Mendes Da Rocha

La ciudad grita para ser escuchada. Para enamorar y no verse enojada por el olvido. La ciudad pretende vacilar, exponerse ante nosotros. Cuando visité Londres este verano pude caminar a pié hasta la City del capital. La ciudad de los Rogers y los Foster. Todo parecía envuelto en celofán. Las prohibiciones de entrada, las escalas perdidas, la higiene de los sponsors. Podría haber caído en el embrujo de aquél canto porque no hay sombras donde apagar la fuerte voz con la que susurran. Podría haberme subido a un coche de lujo para desprender joyas y silbidos desde la ventanilla bajada. Probé a enamorarme, pero no pude. Se escapó todo el cautivo y despierto trasiego por la retina. Fue abundante, pero nada más. La ciudad no es sólo eso. La abundancia, cuando se ve de cerca, está vacía. Además, de qué sirve tanto espectáculo de superficie si sólo es máscara y cosmético. No puedo explicarme como todo aquél vendaval de arquitecturas no eran capaces de diálogo alguno. Están hechas para no dejar a hablar ni escuchar silencios. Se mueven continuamente en la especulación y el derroche. Por eso hay otras imágenes que son un alivio. El skyline del mendigo me salvó. La curvatura de su cuerpo reflejaba la misma que su pensamiento. Era un edificio en ruinas, apretado a sus manos, dejando caer la cabeza. Hasta podía ser la misma materia de los muros colindantes, desconchados. Exigía una rehabilitación, una conversación en la que explicara qué pensaba y cuál era su mundo. Es una pena que todo haya pasado desapercibido. La ciudad se ha acostumbrado a no poner nombre a este tipo de cosas. Somos capaces de asombrarnos ante la piel de los “fosteritos” sin conceder ni un segundo al hambre y la soledad de los mendigos. No tenemos punto intermedio ni lo necesitamos. La retina es siempre lo que cuenta, lo que da a este mundo su medida, su skyline. Y sobra todo lo que pueda comprometernos o avergonzarnos. Probablemente la City económica no nos invitará jamás a degustar el champagne de sus ejecutivos. Nos contentará con su cara bonita y pantomimas. Y a ser posible haremos fotos junto a la entrada de los edificios para subirlas a la redes sociales exhibiendo nuestra alcanzada fortuna retiniana. Mientras tanto, aquél cuerpo de lástimas y sueños perdidos, pasará junto a nosotros como si nada. Hemos convertido la ciudad en un muestrario de cuerpos de hierro, acero y hormigón, que son más importantes que el primer cuerpo del hombre. Le hemos dado más valor a las criaturas de los museos que a la vida misma que empujó a que emergieran. Somos así, tan despiadados como inútiles, tan exhibicionistas como superficiales. Casi umbrales, diría, las personas somos ya umbrales sin espesor, sin lugar intermedio, tan sólo superficie embadurnada en olor a Chanel y Christian Dior. Pero ahí quedan esas arquitecturas de los grandes empresarios; los mismos que no se dan cuenta de la caída del mundo.

Vivienda en Cuarte. Zaragoza



Partimos de una premisa inicial: cuidar y proteger la vivienda de un entorno sin aparente urbanidad. Desde ahí se origina una vivienda que emerge desde su condición maciza -acentuada en la visión “tapia”- trasladada a su exterior (poniente). Se trata de una vivienda que tiene uno de sus principios espaciales en el patio, y que ya de partida ofrece una toma de posición: “Por su condición introvertida, la casa patio ofrece una buena solución para combatir el problema del ruido procedente del exterior y, en general, para garantizar la independencia del espacio de la casa respecto al espacio público. El esquema no favorece, en cambio, el aislamiento entre las distintas áreas de la casa, orientadas hacia ese espacio abierto común […] Pero esto niega uno de los aspectos más atractivos de este tipo de esquema: la doble apertura visual y luminosa- la doble orientación- de cada habitación, y lo que es aún más atractivo, la consecución de una comunicación, al menos visual, que atraviese toda la secuencia de habitaciones a lo largo de huecos alineados.” Estas palabras del arquitecto Juan Antonio Cortés nos sirvieron de análisis y búsqueda en los primeros croquis, estableciendo una serie de postulados a la hora de proyectar que pueden resumirse en los siguientes:

a) El patio en esta vivienda no recoge todas las fuerzas espaciales, ni actúa como un organismo centrípeto como en un primer momento se pensó. Sin embargo, se sitúa justo en el punto más al norte; una vez traspasado el umbral de la entrada y su acceso. Desde ahí se reparte una composición radial hacia el sur que diferencia y su vez une –dependiendo que uso quiera darse- los tres núcleos principales: salón-estar, cocina y dormitorios.

b) Se ha intentado equilibrar, precisamente, el aparente antagonismo que aprecia Cortés en estas composiciones. Todos los núcleos principales dan al patio interno de la entrada generando estratos espaciales que pueden proponerse desde la unidad de todos y su continuidad o desde la diferenciación – carpinterías correderas que los separan- de cada uno de ellos. Con esto se consigue que exista un vínculo directo entre la búsqueda de aquella privacidad e intimismo y la doble orientación y encabalgamiento espacial entre el patio y la parcela en su cara más sur.

c) La radialidad parte de ese patio inicial y genera una figura o planta en abanico dentada que se abre según las necesidades de orientación y soleamiento. La vivienda ha sido pensada desde dentro, desde sus núcleos principales exponiendo su cara más silenciosa en el exterior –protección de la intimidad-. Desde ahí se origina un circuito encriptado que va exponiendo las diferentes capas espaciales gradualmente. Desde la entrada en adelante.

d) Se ha prestado especial atención a la vegetación y los árboles que se ubican en el patio de entrada, jugando con los ritmos estacionales y los contrastes producidos por la naturaleza.

- A los requerimientos del programa, se ha dado respuesta de la siguiente forma:
Salón- Estar 30.94 m²
Cocina 17.79m²
Dormitorio 1 10.58 m²
Vestidor (Dormitorio 1) 6.39 m²
Baño (Dormitorio 1) 3.78 m²
Dormitorio 2 10.56 m²
Dormitorio 3 10.59 m²
Aseo 4.05 m²
Distribuidor 12.77 m²
Aparcamiento 18.25 m²
Cuarto Instalaciones 5.69 m²
Patio interior 18.48 m²
Superficie parcela (según planos) 384.96 m²

Proyecto Básico y de Ejecución de vivienda unifamiliar aislada en c/ Emperador Domiciano s/n de Cuarte de Huerva. Zaragoza. Pedro Bel Anzué + Amo_arquitectura 
Vivienda de Roberto en el Blog de Pedro Bel

viernes, 15 de agosto de 2014

Delegar el mundo

Mi mundo es mío nada más. Ni puedo delegarlo a otros ni me atrevo. Pero tampoco quiero vivir en los límites de las tapias del egoísmo. Hoy asistimos, la mayor de las veces, al desmoronamiento de un mundo que creemos nuestro como escaparate. Nos atrevemos a enjuiciar actitudes políticas, religiones y éticas. Sometemos a insultos a gobernantes y “canta mañanas”, pero evitamos nuestro propio afrontamiento de las cosas. Y no digo enfrentamiento, lo subrayo. Digo afrontamiento. El primero de ellos señala una huella de sangre que a buen seguro todo el mundo busca evitar: la pelea que golpea con fuerza en nuestro estómago. El segundo no es más que una caricia en comparación. De hecho no supone rebeldía ni arrebato, sino tan sólo una toma de conciencia.
Que queramos presumir de casa, vestimenta y coche, que queramos impregnarnos en perfumes costosos y aplausos condescendientes, no nos priva aparentemente de nada. Claro, aparentemente. Porque la apariencia inflacionaria de la imagen es sencillamente lo que cuenta. El enfrentamiento se descuida y olvida, porque la pátina de maquillaje masivo impuesto a la piel, borra los poros y la respiración. El mundo es nuestro, dicen. Se prometen votar y salir a la calle, golpear la mesa en la comida del mediodía cuando escuchan hablar de la deforestación de sus pueblos, esgrimir poemas de la locura contra las instituciones y sus cabezas pensantes, pero son tan necios que son ellos mismos los que someten al fuego sus jardines.
Son ellos, los que se exhibieron al sol estelar, los que además se pelean a gritos con la tierra y los árboles, los que embrujados por el elixir del consumo sacuden las raíces para subirse a las terrazas más altas. Me da lástima ver como cada uno de nosotros invierte tanto tiempo en su propia enajenación. Me da pena observar como cada uno de los otros envidia esa enajenación y la imita y reproduce. No queremos enfrentamiento, no queremos guerra, pero tampoco afrontamos la voluntad independiente de nuestro propio destino. Así va el mundo; ese ser exterior, que por alguna razón no hacemos nuestro, cuando realmente la decisión, la verdadera decisión, se produce en el milímetro de nuestras manos.

Es preferible soñar con el cambio a gran escala -bajo el enfado de la exhibición-, que perseguir un encuentro con el instante más pequeño del mundo: el que alberga a buen seguro nuestro corazón. Afrontar es convivir codo con codo con el mundo. No es pensar en la periferia de la marginalidad inconsciente, ni mucho menos, ni vivir en los suburbios de la piel. Querido amigo, espero sinceramente, que aquél árbol -el único que quizás queda como criatura buscando sobrevivir-, encuentre nuestro indulto, el mismo que irremediablemente necesitamos nosotros…

miércoles, 13 de agosto de 2014

Exploración del límite_la orilla

Lugar salvaje donde el mar y la tierra se funden, se confunden,

como la libertad y el amor,
diluyendo sus límites...
La orilla, borde líquido que palpita incesante.


Aquí, aunque el mar siga siendo mar
y la tierra siga siendo tierra,
ya no es posible saber donde termina uno y empieza otro.
Pues la tierra no es compacta, y el aire descansa en sus rendijas...

En la orilla, las olas y la arena se respiran...


martes, 12 de agosto de 2014

Literalidad de la emoción




¿Qué queda de las emociones que se cubrían antes de ofrecerse? ¿Qué queda de pensar antes de decir? ¿Qué queda de insinuar sin ofrecer la dimensión del rostro? El tiempo contemporáneo ha desdibujado todo el candelero giratorio y prohibido de las emociones. No queda espacio intermedio para volar desnudo con la emoción. El consumo, la propuesta de la autopista ciega del consumo es la nube que importa.
 ¿Qué puede quedar en la emoción que no sea tan sólo literalidad?
Vivimos un mundo de fascinación embrujada. Vivimos en la ingravidez del deseo de consumir, no sólo productos o materialidades vacuas, sino sobre todo, consumimos emociones literales. Ya no importa pensar, crear o sugerir un mundo individual o concreto, lo importante es consumir la emoción dictada por la conciencia social general.
Mediante la cultura de la emoción, imponemos lo que recogemos y saboreamos de otros para trasladarlo en una cadena infinita. No importa qué es exactamente aquello que vendemos como oferta, porque la causa, el objetivo o su nacimiento no nos interesa. Sólo aspiramos a que el espesor de la emoción no exista, que no implique lucha ni sudor. El cuadrilátero perdido de la pelea quedará lejos, sin salpicar nuestros rostros. No ha sido siempre así, pero lo verdaderamente importante es que la emoción no pueda generar dudas, improvisar situaciones, favorecer la espontaneidad. Todo es más fácil si su cumbre garantiza un resultado literal, directo, sin discusión. La masa debe opinar al ritmo de su literalidad, soñando en aquella burbuja, sin salir y mirar de reojo.
Por supuesto la literalidad de la emoción no asume ni permite el fracaso porque arrastraría a muchos a mejorar, a creer en el maravilloso arte de improvisar, de morir un poco para crecer. El mundo debe ser plano, piensan. Cuanto más escueto y recogido, mejor. Es una lástima que las emociones se compartan con tanta lastrada facilidad, sin que quede ni la más mínima batalla. Todo es, lamentablemente literalidad; un compartir de igualdades ficticias que irradian al compás de las falsas emociones televisivas y de consumo.
¿Podrá sostenerse en el mañana otra emoción más personal y autentica que no gravite en torno a los otros? ¿Podrá existir alguna emoción que no se esconda bajo la conducta de la apropiación continuada?
¿Podrá, esta sociedad, vivir de una gestión individual de su propia emoción –escapando de la literalidad-  sin llegar a la necesidad del consenso vecinal?
Quizás pueda, quizás podamos…


Invitación a dejarse flotar


La escritura es ahora un vehículo que me permite ver lo que está oculto a los ojos; mirar dentro, comprender y vivir este momento con toda la presencia de la que soy capaz. 
Un viajar hacia dentro mirando a mi alrededor y descubrir donde están las piedras que dificultan el fluir del río. 
Un ejercicio, una constante para ir decantando el agua, el propio ser que emerge; para limpiar la mente y liberarla de esa responsabilidad que no le corresponde y de la que es incapaz de ocuparse con acierto: dirigir el río. 
El Ser, la esencia, la semilla que va creciendo desde cada organismo, siente necesidad de expansión, de espacio, de un medio apropiado donde desplegar su potencial y llegar a florecer. 
¿Hacia donde se dirige el río en el que viajo?
¿Cuales son las fuerzas que lo mueven?
¿Existen unas constantes vitales que lo hacen comprensible?
Una mente intoxicada de ‘educación’ necesita confiar en algo para soltar el volante y dejarse llevar por las fuerzas del río. 
El objetivo sería entonces descubrirlas, reconocerlas, mirarlas, observarlas, verlas, integrarlas, acompañarlas... Crear las condiciones vitales más apropiadas para que esas fuerzas que son propias y constitutivas de cada individuo, de cada Ser, que están aquí siempre, empujando y tantas veces reprimidas, se muevan, se desarrollen, adopten su propia forma y se manifiesten contribuyendo al gran río de la creación. 
Escuchar esa nota suave que hay en ti y en mi, y que forma parte esencial de la gran orquesta del universo, de esta misteriosa creación que permanentemente nos invita a bailarla, a dejar de poner piedras... allá donde nos lleve el Río



jueves, 31 de julio de 2014

Deshielo


El embrujo intelectual no da tregua. Pasa sorteando toda la escritura, vomitando desastres y lástimas. El pasado se esfuerza por enfurecer al presente, rastreando el delirio de lo roto o quebrado. No es casualidad que aparezca así. Hoy leía un escrito de mi padre sobre Gómez Cano, en el que asumía un reto o desafío que antes o después atraviesa nuestras vidas y se presenta sin aviso ante nuestros ojos: la historia propia, lo concreto, lo particular, lo intrahistórico, es, antes que nada, un ajuste de cuentas que cada uno de nosotros debe a hacer con su propia historia. De nada sirve que adquiramos una instrumentalización crítica o de tendencias, que asumamos lo roles sociales compartidos, si al final, no operamos -como cirujano-, en nuestro modo de estar en el mundo, en la estela de nuestra historia. No hay capítulo o episodio que siga felizmente, si antes, no se ha dado tregua a la borrachera histórica que llama cada noche a nuestra puerta. De no ser así, el ensimismamiento está garantizado. Y por éste no se entiende aquél lugar encubierto y protegido de nuestra “voluntad independiente”; el territorio de paz autónoma, sino una suerte muy distinta. El ensimismamiento biográfico, puede también llevarnos a una irreconciliable visita a nuestro pasado. El cadáver histórico; siguiendo la literatura de vanguardia, facilita el enterramiento silencioso en nuestro presente. Aprender a mirar, a solas, sin el cauce del futurible y la represión pasada, asusta tanto como morir sin tierra y lápida.
Por eso creo, que todo embrujo intelectual - el de la práctica del caminar diario como hábito-, exige la mano del pasado sin aflicciones. El pasado no puede inventarse ni reescribirse como experiencia, si acaso, como sueño o nueva profecía. Si las letras que navegan hoy y navegarán mañana se acostumbran a la inhóspita ceniza de la noche pasada, habrá que vestir con paraguas, o barrer cada tarde que aparezcan. Esa es la tregua manifiesta y la reconciliación autobiográfica que toda persona necesita. No hay tiempo, sólo duración sostenida de un presente que aprende a convivir con la fragancia de su pasado, quedando su olor impregnado en los restos que cada día se inician y acumulan. Las letras aguantarán los que les echen; son tan inmaduras como adolescentes, y la propiedad que tengan sobre del mundo no les corresponde, sólo a nosotros nos toca elegir su ritmo. Sin mediar palabra, entonces, el embrujo no será más que un acto conciliador y bondadoso, que no exige ya responsabilidad alguna. El pasado que rastreaba al presente para herirlo, hablará con su misma voz apagada, sin esperar ni cancelar, tan sólo escuchará…
Con los oídos bien abiertos

martes, 29 de julio de 2014

Luz solar



Luz solar, sí. Luz solar. No a medias, entera, eterna, salvaje. Luz solar, sí. Luz de la memoria, la que recuerda y no olvida. Cada paso es luz sin saberlo, cada caminar es luz obstinada. Se rebela y no responde, aunque sea generosa. Detesta a los holgazanes y a los necios. Casi toda su corta vida ha sido luz solar, agregada a las arterias arquitectónicas del mundo, tejiendo tejas, piedras y cornisas. Ha impartido paz y calma, no ha hecho sufrir a nadie, y presidió los primeros besos.
Ahora la hieren, y con ella a todos los corazones que se crearon bajo su luz amarilla. Lástima me dan los tuertos que no han calentado nunca su cuerpo a la luz de la luz solar. Me dan pena. No han querido escuchar, ni ver, sólo maldicen y olvidan, nada más. Aquella luz ha sido testigo de diez mil amaneceres. Susurró la bienvenida de la tarde y gritó con su garganta dorada la llegada de la noche. Fue despedida por gorriones y golondrinas con la aventura del amanecer, y no rechistó nunca por vestir de amarillo cobre los muros centenarios de las iglesias.
Supo llevarse bien con todos, con los panaderos de la madrugada, los borrachos perdidos, a los que cedió su cama, y con las señoras que iniciaban con sus carros y malgastada espalda, el camino peregrino a la huerta. Aquél amarillo solar sabía a pan herido al fuego, sabía a higos recién recogidos. Aquél amarillo olía a llama y leña, a morcilla y chistorra, a vida vivida.
Pero sobre todo aquél amarillo solar, de un crepúsculo infinito, sabía a despedida inolvidable, a susurrar con tímpano enorme. Por mucho que quisiera la luz, la luz solar de la noche, no cedía; se repetía como canto inagotable y sereno. Pero los burros son siempre amigos de la materia vacía. Ahora el pueblo sortea su olvido, busca evitarla. Empeña su corazón al mejor postor y vende su preciada cara solar. La que vio nacer a tantos y acompañó la marcha fúnebre de la despedida, la que lloró los incendios con su misma mancha amarilla. Aquella luz hoy se despide, poco a poco, en las terrazas que anhelan su marcha, con otro peso y color. Han sido los burros, gritan, han sido los burros: esos malhechores que casi todo lo envenenan.
Y queda todavía; salpicada, la  luz solar en la Torre y la Iglesia; embebida en su jerarquía. Las otras luces; menos nobles, son ahora la huella “prostibular” de una indecencia sostenida, cegada por instituciones insensibles; las que envidian con la boca grande a la ciudad, y disimulan o mienten con la pequeña frente a su pueblo.

Ya no queda casi luz solar; la luz de lo cotidiano y humilde, la luz de todos los llantos y fuegos. Ya no queda luz solar, ya no queda. Se la han llevado…

domingo, 22 de junio de 2014

Promesa de aire




Prometo no enojarme, 
no esconderme más que ya lo hacen mis personajes
Prometo serte fiel al apagarse la luz, 
sin mentirte más que la luz lo ha hecho al desvanecerse
Prometo no perderme en amaneceres sin partirme la crisma, desolado por el encuentro
Y fortuito soy, 
tan espontáneo como mi lengua voraz que no calla,
 si tú no la besas antes. 
La penumbra es terca y maldita, 
pero sigue siendo el lecho en el que duermo. 
Suspirando sombras medidas, salvajes.
Y a duras penas escaparé de las lástimas 
porque irreductiblemente son ya las mías…