jueves, 6 de mayo de 2010

Imagen y apariencia en la arquitectura moderna



LITERALIDAD Y TRANSPARENCIA EN LA ARQUITECTURA MODERNA
La imagen de la arquitectura moderna ha sido comúnmente asociada a la idea de funcionalismo y asepsia formal. La función durante el periodo más radical de la arquitectura moderna constituyó uno de los parámetros referenciales más significativos del ideario constitutivo de la modernidad. Mediante la función como estrategia, la arquitectura había encontrado un nuevo planteamiento que suponía el antídoto esperado contra los eclecticismos. Combatir la expresión aplicada mediante el ornamento (Loos, 1972) reduciendo el resultado formal a la condición funcional y constructiva del edificio, constituía, según las voces militantes de la vanguardia, un recorrido deseado y necesario que pronto señalaría las nuevas directrices a seguir por la arquitectura. Efectivamente, durante los procesos de gestación teórica del funcionalismo (De Zurco, 1970) hasta el desarrollo universal de la doctrina del racionalismo, en sus diferentes versiones, la arquitectura vivió un momento en donde la imagen y la apariencia del proyecto habían perdido su impulso formal, emblemático o representacional. El espacio recobraba así, la fuerza y el protagonismo temporalmente perdidos. Su singularidad, por lo tanto, y su organización funcional, distributiva y circulatoria encontraban en el proyecto una nueva plataforma de exploración donde hacerse realidad. Le Corbusier apuntaría: “La calidad de la circulación interior será la virtud biológica de la obra […] La buena arquitectura ‘se camina’ tanto adentro como afuera. Es la arquitectura viva. La mala arquitectura está coagulada alrededor de un punto fijo, irreal, ficticio, extraño a la ley humana”
La visión paralizada, inmóvil, de volúmenes herméticos guardando la simetría, que regía la idea tradicional de espacio o de la arquitectura clásica, daba paso en la modernidad, a través, entre otros recorridos del racionalismo, a la construcción del espacio centrífugo, móvil, dinámico y temporal (Zevi, 1978: 59-62) que configurará los sistemas de estudio incentivados por la arquitectura. Las primeras y serias aportaciones en relación a estos nuevos itinerarios arquitectónicos, vinieron a producirse en las experiencias proyectuales emprendidas por el Neoplasticismo y el Suprematismo. Van Doesburg y el propio Rietveld ya en sus escritos manifiestan la preocupación por representar el tiempo y su tránsito (la cuarta dimensión) en sus composiciones artísticas que, en el caso del primero, verá la luz en su obra construida. Sus proyectos expresan la preocupación por la ordenación mediante la regularidad y el equilibrio, la total eliminación de la decoración aplicada y el entendimiento de la arquitectura como la suma de un número indefinido de planos, independientes de la estructura, que actúan como catalizadores de movimiento y circulación. A esto se suma una denostada descentralización del espacio que tiende a lo centrífugo, posibilitando una amplitud y expansión que al no acotarse ya rígidamente, se define, encuentra y reencuentra continuamente en multitud de caminos (Cortés, 1992: 21-26). La caja muraria se había roto. Las posibilidades de circulación aumentan cuando en la casa Schroder, de Rietveld, el espacio aparece tratado a partir de la libertad de la circunstancia funcional que el usuario otorga dependiendo de sus propias exigencias y voluntades. De este modo, la flexibilidad que permite trasladar la uniformidad y claridad de la planta superior, de una posición abierta, limpia y transparente a otra más fragmentada o divisoria, termina por modificar su uso, su forma y el tránsito o circulación a través de ella; posibilidad de transformación interior que se convierte así en la manifestación del ideal de velocidad y dinamismo que la modernidad ansía.
De la eliminación de restricciones, gracias a la libertad concedida por la planta libre, se desprende la emergencia por la continuidad espacial que suprime la dicotomía interior-exterior (Van Doesburg, 1985: 115), enfrentada en la arquitectura historicista, para asistir a la extensión periférica del espacio que encuentra su continuidad en el exterior. Se supera, de este modo, la represión y contención espacial originada por el perímetro edificado. Continuidad espacial que se explicita en la figura e imagen que la arquitectura ofrece desde el exterior y que refleja esa sinceridad manifiesta de que el espacio sea trasladado al exterior, sin obstáculos que superar o rodear, en un claro y decisivo ofrecimiento del escenario y los acontecimientos que transcurren en su interior.
Mies Van Der Rohe con su ideal de espacio universal, isótropo, repetible e indefinido, ilustra, en su Casa de ladrillo de 1923, y los posteriores Pabellón de Alemania de 1929, la Casa Tungedhat de un año después, y la Farnworth de 1950
(p. e. fig 1 y 2), la confusión que en la comunicación extensiva del espacio se origina en torno al usuario que camina o dibuja itinerarios a través de aquél. El “espacio es uno y el mismo”, como apunta Juan Antonio Cortés (1992: 36). El usuario sustituye la visión guiada y dirigida, fruto de la jerarquía, por la ligada imagen de un interior que parece residir en el exterior y un exterior que ha decidido detenerse sobre las líneas serenas que el arquitecto utiliza para definir el interior.
El paisaje, el aire, la tierra, como lugares que quieren ser contemplados, en ocasiones domesticados, hacen su aparición también en la arquitectura corbusierana. Sin embargo, la noción de inmaterialidad y de flujo continúo en obras paradigmáticas del racionalismo como la Villa Saboya de 1927, no aparece expuesto con la radicalidad del maestro alemán, sino que se desdibujan en el complejo y sincretista juego que los itinerarios del arquitecto despliegan en torno a sus promenades architecturales.
La consecuencia directa del proceso de continuidad y desarrollo periférico espacial en la arquitectura moderna, y que nos une a la temática propuesta, es la consiguiente reducción de la característica fachada que había sido un referente fundamental en la arquitectura neoclásica o en el eclecticismo. El fenómeno de desaparición de la fachada-ingreso está directamente relacionado con los usos circulatorios. La piel o cerramiento termina siendo una prolongación del discurrir espacial que se produce en el interior y que en su expansión termina confluyendo en el exterior; Van Doesburg señalaría: “la nueva arquitectura ha convertido las paredes delantera, trasera, derecha, superior e inferior en factores de igual valor […] al contrario del frontalísmo, que tuvo su origen en una concepción rígida, estática de la vida, la nueva arquitectura ofrece la riqueza plástica de una expansión múltiple en el espacio y en el tiempo”. La ausencia de una fachada principal y del uso direccional, distintivo y jerárquico de ésta, se ve modificado por la imagen homogénea, limpia y geométrica de la arquitectura desde su exterior. Los cerramientos opacos o vidriados actúan como catalizadores de la expresión espacial que acontece en el interior y que termina extendiéndose en el exterior. Su imagen acaba siendo la literal y transparente fotografía objetiva del espacio proyectado hacia el infinito.
MATERIALIDAD Y EXPRESIÓN EN LA ARQUITECTURA MODERNA
Durante el periodo comprendido entre las tres primeras décadas de siglo, la arquitectura moderna mantuvo ese fuerte tono aséptico que había sido empujado desde las esferas más ancestrales de las vanguardias arquitectónicas, principalmente las dirigidas desde el estatuto del racionalismo. El Estilo Internacional divulgó y difundió las bases de un cuerpo de leyes que quiso ser referente universal en todo el mundo, creando una gramática, un lenguaje, que aspiraba a ser el legado común y colectivo -autorreferencial- que diera la imagen igualitaria que la arquitectura perseguía (Hitchcock y Johnson, 1984).
Sin embargo, a la severidad y estrechez del racionalismo y el Estilo Internacional, le fueron acompañando cambios, fisuras que provocarían definitivamente la quiebra y la anhelada libertad que el proyecto y la arquitectura necesitaban. En Europa ya habían comenzado los sonidos arrítmicos, las disonancias que a modo de “revisionismos”, “empirismos” y “nuevos realismos” daban la entrada a composiciones que perdiendo la gravedad sonora del funcionalismo, ahora sí, mostraban la inquietud por los eclipsados (Taffuri, 1972) sonidos de la historia y los diferentes lugares. La historia y el lugar aparecían en escena, sentidos y vividos, como material dialéctico vivo y profundo que debía ser respetado y comunicado a través de las orientaciones y reivindicaciones que exigía la disciplina. Con ello la modernidad vivió un cambio sustancial y de enorme vitalidad que llevaría a la práctica profesional a un replanteamiento crítico de los postulados de las vanguardias originarias.
Las pautas del funcionalismo, como directrices decisivas de la forma y su expresión, comenzarán a alterarse. La consideración del funcionalismo doctrinal como una fuente inhibitoria, incapaz de dar una respuesta verdaderamente amplia a las problemáticas generadas por la arquitectura, acarreará un cambio sistemático en gran parte de Europa, Norteamérica y Latinoamérica que dejará en jaque a los maestros del racionalismo. La situación era ya otra, y ésta exigía con urgencia una renovación ante el proyecto. Sin embargo, durante las décadas comprendidas entre los años treinta y cincuenta, la arquitectura moderna, dependiendo de en qué lugares se diera, siguió viviendo un periodo de florecimiento, y generalmente sostuvo la crítica y la práctica arquitectónica durante estos años. Fueron, empero, otros grupos o arquitectos, los que desde el respeto por la modernidad empezaron a diseñar las bases de la que sería la arquitectura del futuro.
Los núcleos nórdicos europeos, con Alvar Aalto a la cabeza, por citar una figura contrastada y capital de este panorama, capitanearon con sus escritos, reflexiones y práctica arquitectónica, una revuelta necesaria para que la progresión revolucionaria de la modernidad no cediese y se estancara en el fango provocado por el internacionalismo corrosivo de la arquitectura moderna de la década de los treinta. Si la arquitectura moderna, desde el protoracionalismo hasta el racionalismo radical de los veinte y treinta, había tenido en la investigación, espacial, circulatoria y de movimiento, su más firme aliado para definir las condiciones de la forma y la imagen arquitectónica, serán ahora otros los que sumen a estos valores un material que, desde la radicalidad moderna inicial, había sido rechazado u olvidado dentro del proyecto. Dos aspectos, sumados a otros, pueden subrayarse dentro de esta evolución: por un lado, la progresiva sensibilización que la arquitectura poco a poco fue mostrando por el lugar y el contexto a la hora de proyectar; y, por otro, la recuperación paulatina de la historia y tradición material y espiritual de esos lugares. Dos ingredientes, aquí únicamente citados, que pronto agitarán el territorio donde la modernidad había decidido moderadamente asentarse y que ya durante los años sesenta constituirá la materia de conflicto más comentada por las figuras críticas del momento.
Para contribuir a este avance necesario, los arquitectos, en su gran mayoría formados bajo el magisterio de la primera generación moderna, buscaron ampliar y acentuar las bases constitutivas con las que ya contaban, a la par que añadieron interrogantes a los valores técnicos y constructivos que debían necesariamente ser superados para la correcta evolución de la modernidad. La célebre crítica de Alvar Aalto a la silla tubular de Marcel Breuer constituye un buen ejemplo de esta situación (Aalto, 2000: 126-135). Literalidad y trasparencia, como vimos, vertebraban dos características propias de las lecturas espaciales condicionadas por la planta libre y sus consecuencias, pero también, de la denostada sobrevaloración de la geometría, la economía y la experiencia salvadora y conductiva de la técnica. La imagen cristalina, que no opaca, de la arquitectura tenía por objeto introducir y dar continuidad al recorrido, tanto desde el interior como en el exterior del espacio. Los elementos obstaculizadores en esa cadena de flujos, eliminados ahora, favorecían la imagen diáfana y etérea de la arquitectura. Paramentos blancos, cerramientos vítreos, planos contenidos, dibujaban una arquitectura que había desterrado la apariencia para ser imagen democrática y literal desde el exterior, sin interferencias. Su condición icónica residía en el espacio arquitectónico. Con ello, se olvidaban las posibilidades expresivas que únicamente, al parecer, anidaban en las capacidades técnicas y constructivas en suma con las funcionales o programáticas. Era necesario eliminar de la práctica arquitectónica la especulación estética (Van Der Rohe, 1981: 27). Pero, como apuntábamos, la arquitectura debía crecer, avanzar. Si la forma y su expresión eran en gran medida la imagen de la función, ahora aquella podía adquirir el territorio que se le había denegado. Mostrar en determinados momentos del proyecto las capacidades comunicativas de la forma, en detrimento de sus valores de adecuación (Gregotti, 1972: 149-152), constituía la meta a la que aspirarían un buen número de arquitectos. Con ello, las texturas, el cromatismo, las variaciones lumínicas, el valor de los materiales, etc, vuelven a aparecer en escena; la piel del edificio recobra su vida.
Proyectos como la Solana del Mar, del arquitecto Antonio Bonet Castellana en Punta Ballena; Uruguay, ilustran perfectamente este proceso evolutivo de la modernidad y esa condición sumatoria que la arquitectura moderna va adquiriendo y que termina llevándola a un proceso de renovación y ampliación de sus estrategias.
En la Solana del Mar (p. e. fig 3), realizada en 1946-1947, se perciben los síntomas de una modernidad que ha cambiado de rostro y ha sido sometida a revisión. El legado de Le Corbusier, con el que Bonet llegó a trabajar en su estudio (Álvarez, 1999: 8-23), es evidente; sin embargo, aparece teñido de contradicciones que suelen escapar o ser enemigas del racionalismo originario. La combinación de materiales, unos seriales; frutos del apego industrial que persigue esta arquitectura, sumados a la valoración de materiales profundamente unidos a la historia y tradición, se traducen en la aparición de una arquitectura de límites difusos que la acercan al universo surrealista que el propio autor pudo conocer de primera mano.
La elaboración del proyecto parece no haberse concluido previamente en el laboratorio, eliminando así toda posibilidad de sorpresa, sino que, por el contrario, tiende a resolverse en el momento y transcurso de su desarrollo favoreciendo de este modo las posibilidades de autonomía y cambio poético que el rumbo paulatino de la obra provoca. Con esto, se refuerzan multitud de recorridos que terminan por enriquecer todas las partes, que habiendo escapado a la obviedad y literalidad del racionalismo, sumergen al usuario en la rica variedad de una composición que parece haber perdido las líneas duras de su trazo. Bajo esta perspectiva dual, de enfrentamiento no excluyente sino complementario, obras como la Solana del Mar vitalizan energías que la primera vanguardia había silenciado. Efectivamente, se inscriben en su obra dos recorridos muy claros: uno donde el uso de procedimientos modernos facilita la compresión de la obra, la evidencian y aligeran, aportando cierta condición; no radical sino serena, de visibilidad y franqueza espacial que continúa la constante que apuntábamos más arriba. El leve purismo, la sencillez geométrica, la lucidez y sinceridad vidriada, siguen siendo aquí constantes que el racionalismo ya manejó. Sin embargo por otro lado, existe un claro intento por acercar el proyecto al lugar, participar de él, confundir la retina. La fusión entre arquitectura y paisaje contribuye a variar esa figura sincera e inequívoca por la confusa, oculta y sincrética imagen que la Solana termina finalmente ofreciendo: la arquitectura se hace paisaje. (Fig?)
La facilidad para el tránsito espacial –continuando con el primero de los recorridos- que comunica las diferentes zonas, posibilitando el uso funcional directo, simultáneo y secuencial, revela la presencia de su maestro (p. e. fig 4); al igual que la idea de transparencia y literalidad, que reaparece cuando el cerramiento de cristal invita a recorrer visualmente la obra, atravesarla y caminarla. Todo lo que sucede en el interior, se traslada en extensión hacia afuera. La chimenea central, la intención volada e ingrávida del plano-entrepiso de la primera planta, apreciada en sección, a la que se accede por una escalera que queda junto a uno de los cerramientos de cristal, se muestran y explicitan en el exterior como ejemplos del ideal de trasparencia epidérmica que aquí renueva su valor. El usuario conoce antes de entrar, qué está sucediendo ya en el interior. Sin embargo, ésta no es exclusivamente la visión que el proyecto persigue ofrecer desde el exterior e invita a desarrollar en el interior. Si la imagen moderna era enemiga en parte, de las concesiones formales o aparienciales en el proyecto, el planteamiento aquí encuentra en la forma y su expresión uno de sus grandes aliados. Son ahora otros cerramientos los que, radicalmente distinguidos de los del cristal, retoman la vieja pero vitalista táctica que la planta libre y los ‘cinco puntos’ de 1926 sobre una arquitectura de Le Corbusier habían domesticado. La caja muraria recupera su condición de pesadez, de masa, y ya no es, ni quiere ser imagen y semejanza de la lectura del interior (p. e. fig 5). La autonomía de esta nueva piel, donde se esconden las zonas húmedas y las cocinas o dependencias servidoras del conjunto, es la conclusión material y exhibida de la forma y su expresión comunicativa, no la de lo estrictamente funcional o espacial. Con este tratamiento Bonet igualmente consigue diferenciar las zonas más colectivas del proyecto, de aquellas más intimas y privadas, al igual que de las de servicios, pero sobre todo elimina la imagen neutra e indiferenciada de la arquitectura sobre el lugar, y que como vimos, supuso una invariante dentro de la primera y radical modernidad arquitectónica.
Nuevamente, la diferenciación se ve subrayada en el uso consciente de los soportes y materiales que no son ya únicamente la conclusión de un proceso lógico de producción, construcción y servilismo. Los materiales y las texturas adquieren protagonismo y relieve emocional; intento acertado por subrayar la capacidad expresivo-plástica de la materia y que termina dibujando, en cada uno de sus frentes, verdaderos lienzos formales (recuérdese la idea de Wrigth entre “decoración sobrepuesta” y “decoración inherente u orgánica”). Siguiendo esta línea de actuación los soportes; que sujetan la cubierta o gran losa de hormigón, pierden la condición reductiva, contenida y parcialmente oculta de los pilotis, para adquirir de nuevo densidad, textura e intensidad comunicacional.
Sin embargo debe matizarse que bajo esta expresividad manifiesta, no se esconde la banalidad proyectual que persigue la fotogenia y el exhibicionismo vacío y nocivo (Bohigas, 2004: 77-90), sino un intento por posibilitar la entrada de numerosos componentes estético-emocionales que aparecen siempre vinculados a una razón social y antropológica que por otro lado, el proyecto siempre persigue. El respeto por el programa, por sus usos, necesidades y funciones, constituye una fórmula de acción respetada en todo momento por el autor. Con ello, quiere subrayarse que la investigación formal, contextual y espacial que el proyecto presenta, y que aquí se ha tratado de forma apresurada y resumida, tiene en el problema del habitar el punto inicial y último de su propuesta.
Como la Solana hubo muchas otras obras, arquitectos y movimientos, que fueron abriendo paulatinamente las líneas trazadas por la arquitectura moderna. Se trataba de prosperar desde un material que aún mantenía su validez, hacia la superación definitiva de las inhibiciones y pagos de aduana exigidos por el racionalismo y el Estilo Internacional. Todos los procesos creativos, aparentemente marginales que desde la oposición del funcionalismo fueron condenados, encontraran ya durante los años cincuenta y sesenta, y siguiendo a los iniciados con anterioridad como se ha visto, la plataforma donde poder hacerse creíbles y realizables. Desde entonces el universo de la imagen y apariencia en la arquitectura no ha hecho otra cosa que crecer y crecer, desde, en la mayoría de las ocasiones, superficial y frívola crítica postmoderna hasta la reciente y todavía no asimilada actualidad. La huella de la modernidad, quizás, todavía mantiene su vigencia; así lo demuestra la realidad de la que formamos parte. Sin embargo, una cierta preocupación nos invade: ¿Será capaz la arquitectura del presente y del futuro de sumar a los procesos creativos, formales y de imagen las problemáticas siempre latentes y vitales del habitar?
Quizás las respuestas sean múltiples o escasas, y aquí y ahora innecesarias, pero la realidad de los que queremos escribir sobre arquitectura, es que esa cuestión nos parece que sigue dominando el espacio fundamental que debería ocupar la crítica.


BIBLIOGRAFÍA
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Congreso Internacional "Imagen y apariencia". Murcia, diciembre 2008

lunes, 6 de julio de 2009

jueves, 25 de junio de 2009

Calendario

ESPACIO DE REFLEXIÓN 2. CONTEXTOS. SALA 2

Jueves 2 de Julio de 2009
18.45-19.00 Una mirada renovada hacia el habitar.
Ignacio Abad Cayuela y Juan Moreno Ortolano

martes, 23 de junio de 2009

UNA MIRADA RENOVADA HACIA EL HABITAR (Borrador)

UNA MIRADA RENOVADA HACIA EL HABITAR

Sin lugar a dudas el habitar constituye un espacio para la reflexión necesario en el campo de la arquitectura. Nos enfrentamos a una imprescindible reelaboración y nueva estructuración de sus significados con el fin de reorganizar sus fuerzas de energía que quizás por olvido consciente o descuido han sido relegadas en ocasiones al escalafón último de los principios proyectuales. Si bien es cierto, y sobre esto no hay aparentemente dudas, que el universo tecnológico, digital, empírico y de investigación multidisciplinar ha crecido considerablemente en los últimos decenios, también lo es, la siembra de paradojas y desconciertos que éstos han producido en el verdadero desarrollo y evolución cualitativa de los valores y acciones de los habitantes. De este modo, resulta muy difícil verificar, hasta que punto todos esos avances se han visto realmente traducidos en la mejoría de las condiciones de “bienestancia”[1] del individuo y sus modos de estar y ocupar en el mundo. Lo que parece claro, es que los dos grandes polos que gobiernan la producción arquitectónica: el especulativo-promotor, y el televisivo-publicitario empujado desde la vanidad subjetiva y persecutoria del Star System internacional, dibujan un mapa de redes y flujos en dónde el problema del “factor humano”[2] no es precisamente el principal organismo que articule la columna vertebral de sus pensamientos o acciones; más bien todo lo contrario.
El debate sobre cuáles han de ser los vehículos que favorezcan y amplíen las posibilidades del habitar, todavía queda algo lejos para resolverse y en ocasiones no parece ni interesa que se formule. Desde la entrada del Movimiento Moderno, la arquitectura ha intentado ir generando la crítica y praxis revolucionaria que pusiera los cimientos sólidos para el habitar. Comenzando en el fulgor erróneamente funcionalista y mecanicista radical inicial, pasando por las iniciativas revisionistas y sensibles de los años cincuenta, hasta las propuestas; dudosamente operativas, de la compleja, polivalente y ecléctica postmodernidad, la arquitectura, y su apresurada revuelta han abierto un campo amplísimo de recorridos que en algunos casos todavía hoy no han terminado de transitarse. Sin embargo, y al igual que en el territorio de las grandes aportaciones empujadas desde el siglo pasado, otros pasajes han conducido a los clisés y prejuicios que hoy desgraciadamente todavía aparecen adscritos a la disciplina arquitectónica. El campo del habitante, su relación con la arquitectura, su complejo funcionamiento siguen, quizás por el drama mitológico que protagonizó la modernidad y que arrastramos, provocando desasosiego e incluso ahogo. Cualquier visión por apresurada que se haga al panorama crítico actual de la arquitectura o anterior que manejemos así lo demuestra. Por un lado, encontramos una región protagonista[3] que enlaza directamente con la defensa a ultranza de la arquitectura como motor indispensable en la mejora y funcionamiento de la sociedad y sus habitantes, y, por otro, un estadio muy plural en sus posturas que se aleja de la primera y valora la arquitectura por encima de su relación frente al habitar. De la inicial, puede destacarse el papel del crítico chileno Cristian Fernández Cox; fiel exponte de la versión social y del papel fundamental que la arquitectura tiene en el desarrollo y mejora de las condiciones de vida de los habitantes: lo que el define con la idea de “Bienestancia”[4]. En el otro extremo, puede citarse al arquitecto Peter Eisenman, promotor de una escuela que entiende la arquitectura desde una versión abstracto-figurativa[5] en donde la manipulación y la investigación ilusoria de la forma constituye un argumento director y vertebrador en sus propuestas, muy por encima de las del habitar y su campo de acción[6]. Indudablemente, las dos posturas sintéticamente expuestas, únicamente ofrecen aquí una muy leve fracción de la multitud de líneas que pueden atisbarse en la actualidad, sin embargo, son importantes para aclarar el argumento con el que comenzábamos.

Hacia un habitar creativo_
La vertiente denotativa, muy amplia por cierto, que sacude a la arquitectura del sobrediseño y la histeria del espectáculo entiende el habitar como un acto paralizante e inhibitivo que manipula y condiciona los procesos de búsqueda y estrategia proyectual que se persiguen. Empero, su inhibición es tanto o más reductiva, que la de los epígonos modernos que intentaron a toda costa preservar el racionalismo. De este modo, el habitar continúa viéndose como un germen que únicamente entra en el programa encorsetado bajo la dictadura de las pieles y el culto a la dermatología. El habitante, el sustrato de la arquitectura para Fernádez Cox, termina por situarse en una frontera fuera del mundo. Es paradójico, que esta arquitectura pueda ser tildada de compleja y pluralmente diplomática, cuando su razón de ser estriba en la perspicacia y amaneramiento de sus posturas icónicas. La poética, el discurrir creativo, se convierte así en una suerte romántica capaz de residir exclusivamente en las manos y mentes privilegiadas de los arquitectos y de las instituciones que delegan en ellos. Sin embargo, y a diferencia de estas posturas, creemos que el habitar, y lejos de entenderse como un acto limitador, al contrario, expresa una cualidad potencial que le es propia: todo acontecer humano es en cierto modo un acto creativo, y es precisamente desde ese prisma desde el que entendemos la posible trasmisión de sus cualidades a la propia arquitectura. Lejos, o muy lejos de delimitar o interrumpir, la gran fuente de energía está ahí: en el habitar.
Hacia un habitar holístico­_
Frente a un habitar limitativo, concebimos un habitar holístico que sea capaz de reunir las diferentes perspectivas disciplinares en torno a su naturaleza, entendiendo su verdadera raíz como organización que realmente sostiene y da vida al hecho proyectual. Una circunstancia que lejos de condicionar negativamente el proceder arquitectónico posibilita multitud de itinerarios capaces de enriquecer la visión y los resultados de la disciplina. Consecuencias, que se configuran en base al hecho de entender el habitar como un suceso potencial inscrito a unas relaciones históricas, relacionales, comunicativas, identitarias, contextuales etc, que son inherentes al proceso y desarrollo del habitante. Una arquitectura capaz de entenderse como un espacio vivencial y “practicado”[7], existencial y “dialógico” que se extiende desde el habitar hasta empapar todos los sectores de la vida.
La multidisciplinariedad que se le presupone a esta iniciativa, sin embargo, puede caer en el peligro de refundar y validar teorías o proyectos que únicamente escojan y propongan las alternativas desde la superficie y vaciedad de sus contenidos, escondidos bajo el engalamiento y puesta en escena brillante de sus imágenes. De ahí, que los valores comunicativos que le son propios también a la arquitectura, recogidos de las disciplinas artísticas por citar un recorrido, únicamente adquieren legítimo sentido si son capaces de ampliar las posibilidades del habitar y sus significados a través de propuestas multimodales capaces de fortalecer la vida que se desarrolla en la arquitectura.
De este manera, la moda ocasional fácil de la contaminación artística o filosófica llega a adquirir valor sólo cuando su tratamiento aparece expuesto en el hecho arquitectónico, no únicamente como una persecución conceptual o subjetiva, sino como una plataforma que inventa y renueva verdaderamente el aliento y la acción del habitar.
Hacia un habitar arquitectónico_
Renovar una mirada hacia el habitar significa en primera estancia, reorganizar una jerarquía de valores invertida por su mal uso. Una jerarquía que entiende y ahora sitúa al habitar como punto primero, de transcurso y final de la arquitectura. Un punto de origen y desarrollo que la evalúa, no únicamente como escenario sino como acontecimiento vivencial, único, imprescindible y en permanente evolución. La arquitectura desde este prisma ya no avanza desde el culto a la novedad, a la explosión formal y el éxtasis comunicativo y autorreferencial, sino que se reinventa y recrea dirigiendo por encima de todo la mirada al habitante en su hábitat.



[1] Véase: FERNÁDEZ COX, C. El orden complejo de la arquitectura. Teoría básica del proceso proyectual. Santiago de Chile: Ediciones Universidad Mayor. 2005. Págs. 44- 50.
[2] Alvar Aalto constituye sin lugar a dudas un arquitecto arquetípico de esta condición fundamental de la arquitectura. Véase su texto: AALTO, A. La humanización de la arquitectura. De palabra y por escrito. Madrid: Croquis. 2000. Págs. 142-147.
[3] Sintéticamente destacar el papel de Oriol Bohigas, el propio Cristián Fernández Cox, Carlos González Lobo, Ramón Gutiérrez etc.
[4] “La arquitectura no es un arte puramente expresivo, sino un arte creador de ámbitos vivenciales, de lugares de vida”. Op cit, El orden complejo…Pág. 45.
[5] Véase: MONTANER, J.M. Después del Movimiento Moderno. Arquitectura de la segunda mitad del siglo XX. Barcelona: G. Gili. 2002. Págs. 230-233.
[6] “No creo que el cometido de la arquitectura sea el de ocuparse de la gente sin hogar, o el de subordinarse a cuestiones de utilidad, refugio, estructura, estética, y significado. La arquitectura debe mantener sus convenciones hegemónicas” Extracto de la entrevista de David Conh a Peter Eisenman. Madrid: El Croquis. Diciembre 1989. Págs.
[7] El antropólogo Michel de Certeau valora el espacio fundamentalmente desde la condición vital y de movimiento que le proporciona el hombre y su paso. Citado en: AUGÉ, M. Los no lugares. Espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad. Barcelona: Gedisa. 2004. Págs. 81-118.

Propuesta para el Congreso de Arquitectos de España. Valencia. Julio 2009.

martes, 16 de junio de 2009

La Casa del Futuro (II)_Alison + Peter Smithson



…La Casa del Futuro (para una pareja en que ambos trabajan) intentaba mostrar las consecuencias arquitectónicas de, entre otras cosas, la desintegración de la cocina por el preenvasado, el precocinado. Los electrodomésticos y demás. La vivienda estaba diseñada, al igual que un coche, como una sola cosa para una función limitada. Pero en una vivienda familiar, los problemas son diferentes a los de un coche donde solo se pueden eliminar unas pocas cosas sin afectar al resultado. En una casa hay muchas variables, la supresión de algunas o el cambio de muchas no alterarían la base del resultado. Por lo tanto una vivienda diseñada como un coche es en parte una desventaja, ya que el mobiliario estaría tan integrado dentro del concepto estructura-espacio que cambiar la nevera sería como intentar conseguir una guantera más grande para el salpicadero de un Volkswagen: resultaría más fácil comprar un coche nuevo.
Podría parecer que existen dos posibilidades para una industria tecnológica de construcción. La primera seria producir unidades-completas de función-limitada, preferiblemente desechables, lo que implicaría un máximo de producción invariable. La segunda podría ser una producción en serie de componentes (ladrillos, materiales laminados, bisagras, sanitarios, montajes de servicio y demás) combinada con la utilización de máquinas automáticas multifuncionales para producir accesorios en pequeñas series. El montaje de estos objetos seria fijo, como los edificios construidos a la vieja usanza.


...Cualquiera que sea la técnica que elija el arquitecto, su función es proponer un estilo de vida, y el modo-de-vida-con-electrodomésticos sugiere una clase de vivienda totalmente nueva.
…la relación entre los medios y la arquitectura es la misma que la que existe entre el lenguaje común y la poesía. Del mismo modo, una vez que estos medios se han utilizado individualmente, lo ‘anónimo’ se convierte en específico, se le da un significado especial.
(Smithson, Alison y Peter: Cambiando el arte de habitar. Editorial Gustavo Gili, S.A., 2001) (Pág. 115-117).

domingo, 14 de junio de 2009

La Casa del Futuro_Alison + Peter Smithson

En la casa del futuro se puede hablar de la ergonomía de la
casa, pues es el cuerpo humano, y su movimiento, quienes moldean
el espacio. La casa, de modo similar a lo que ocurre en el
renacer de Graham Metson, toma la forma del cuerpo que la
habita, y el cuerpo se acomoda a la forma de la casa que habita.


(Graham Metson, Renacer, 1969)

Cuando los Smithson proponen esta casa ergonómica como la c a s a
del futuro, están pensando en un habitat moldeado a partir de
las necesidades humanas
y las huellas de sus actividades.
Cuando los Smithson proponen esta casa del futuro, e s t á n
pensando que “ha llegado el momento de que los arquitectos y
fabricantes aborden el problema desde el extremo opuesto de la
escala y hagan que el edificio emane de hábitats vivos”.
Cuando los Smithson proponen esta casa ecológica, están pensando
que la arquitectura debe asumir, como suyo, el problema del
habitat humano
como parte de la ecología, entendida ésta como la
ciencia que estudia los hábitats de los seres vivos.


C I R C O_2 0 0 1 . 8 7_E M I L I O T U Ñ Ó N_(pags. 9-10)

sábado, 13 de junio de 2009

Renovar

“La vida humana contiene en la misma medida tradición y nueva creación. No se puede arrojar la tradición a la basura diciendo que es algo viejo que debe reemplazarse por algo nuevo. La continuidad sigue siendo imprescindible en la vida del hombre. Las ciudades antiguas pueden combinarse perfectamente con una nueva planificación y con su interacción con la naturaleza …”

(Schildt, Goran: Alvar Aalto de palabra y por escrito. El croquis Editorial,
2000) (Pág. 363).

Una mirada renovada hacia el habitar (propuesta de comunicación para el congreso 2009 de Arquitectos de España)

La proliferación de los “no lugares” en nuestras ciudades (Augé), la incontinencia urbana que ha fracturado y dispersado los centros históricos (Bohigas) y la pretenciosa y peligrosa búsqueda figurativa de la arquitectura del Star Systems internacional han provocado el debilitamiento progresivo de parte de los núcleos urbanos que habitamos. Parece urgente un replanteamiento crítico que obligue a repensar las condiciones esenciales de nuestra disciplina. Desde ese prisma necesario, el habitar y sus modos diversos de expresión constituyen a nuestro parecer la columna vertebral que debería ocupar el campo de nuestras reflexiones y acciones sobre la vida. El objeto fundamental de nuestra propuesta pretende, en la medida de lo posible, establecer a través de una serie de proyectos contemporáneos, una interpretación operativa del alcance real que las actuaciones tratadas ofrecen en el campo del habitar contemporáneo.