No fue una sola voz.
Fue un temblor bajo la piel,
apenas perceptible,
como cuando algo empieza a mudar
sin que todavía se note.
Algunos lo sintieron en diciembre.
El cuerpo exhausto,
la savia bajando,
y una alegría impuesta llamando a la puerta
cuando aún no había terminado el repliegue.
Otros lo sintieron en enero.
Cuando se les pidió comenzar
con las manos todavía húmedas de despedida,
enterrando lo que no había muerto del todo.
—Se acabó —dijeron las fechas.
—Empieza de nuevo.
—Avanza.
Y muchos cuerpos no pudieron.
No por fragilidad.
Porque estaban vivos.
Había cuerpos cerrando.
Cuerpos gestando en la oscuridad.
Cuerpos vacíos que necesitaban quietud
para no romperse.
Pero el calendario no escucha.
El calendario decreta.
Traza finales exactos
sobre procesos inconclusos.
Anuncia comienzos luminosos
donde aún no hay pulso.
—Es solo una fecha.
—Así funciona el mundo.
Y así comenzó la violencia lenta.
La que no deja marcas visibles.
La que exige adaptación
mientras algo se desplaza de su lugar.
La de brindar sin sed.
La de prometer sin deseo.
La de sonreír
cuando el cuerpo pide sombra.
Muchos se forzaron.
Apretaron la mandíbula.
Alinearon propósitos.
Ordenaron agendas
para no escuchar el desajuste.
Otros sintieron algo más hondo que el cansancio:
una vergüenza muda.
—¿Qué me pasa?
—¿Por qué no arranco?
Nadie les dijo que no estaban rotos.
Que lo que no encajaba
era el ritmo.
El calendario avanzó.
Siempre avanza.
Enero cumplió.
Febrero obedeció.
Las semanas se alistaron
y se alinearon como soldados.
Desde fuera, todo funcionaba.
Por dentro, algo se estaba rompiendo despacio.
Cuerpos empujados a empezar
cuando todavía estaban despidiéndose.
Cuerpos obligados a producir
con el duelo alojado en los huesos.
Cuerpos que sabían —sin palabras—
que algo había terminado
y no tuvieron permiso para honrarlo.
Pero la vida no era eso.
La vida era un animal antiguo.
Tenía estaciones invisibles.
Mudas lentas.
Tiempos de repliegue
que no cabían en ningún calendario.
Algunos enfermaron.
Otros se endurecieron.
Otros se volvieron precisos y vacíos.
Y unos pocos —muy pocos—
hicieron algo distinto.
Dejaron de violentarse.
Siguieron usando el calendario,
porque el mundo lo exige,
pero retiraron de él
la obediencia interior.
Permitieron que el año terminara
cuando terminó.
Permitieron que el nuevo comenzara
cuando algo, por fin,
se movió.
No lo anunciaron.
No lo defendieron.
No lo explicaron.
Simplemente escucharon.
Y en ese gesto mínimo,
casi invisible,
algo volvió a su sitio.
No el sistema.
No el orden.
El corazón.
Porque cuando la vida deja de forzarse,
el tiempo se vuelve latido.

