sábado, 28 de febrero de 2026

Extinto

 


"Únicamente al extinguirnos abriremos la posibilidad de comenzar una nueva era de amabilidad, empatía y proactividad planetaria"

John Musti

jueves, 12 de febrero de 2026

Jardín de luz y memoria

 


Rico eres de materia,
pobre de fragancias verdaderas;
mariscos, perlas, azabache…
tu piel se estira, se muestra,
mendigando miradas que no alcanzan a verte.

Has perdido las estaciones:
el oleaje del mar,
el aroma de la castaña,
la nieve que cruje bajo los pies,
la rosa que susurra su historia.

Hueles a jazmín enlatado,
pero tu boca guarda secretos de tiempos antiguos
que solo los ojos del corazón pueden descifrar.
Pobre ilusión de riqueza desenfocada…
por ti no pasan los años,
pero la vida late en tus venas
como un edificio antiguo lleno de historia y luz.

No ríes,
pero puedes reconstruir la risa como un arco perfecto.
No amas,
pero puedes abrir un espacio donde el amor entre y se quede a vivir para siempre.
No lloras,
pero tus lágrimas son semillas que germinan silenciosas,
levantando columnas de compasión y perdón.

Has cerrado los ojos,
y nadie te ve…
pero en tu jardín secreto cada herida es raíz,
cada recuerdo, un ladrillo de memoria viva.

Allí habita tu riqueza invisible:
la luz que mantienes encendida,
la comprensión que flota como aire entre los muros del alma,
el perdón que sana los cimientos
de tu historia y de la historia que compartes con otros.

Eres más que ausencia de miradas:
eres memoria despierta,
jardín que florece en silencio,
obra de arte que respira
entre estructuras invisibles y espacios de luz.

Hoy, cada sombra, cada silencio, cada piedra del camino
es parte de la arquitectura única de tu vida.
Y aunque el mundo no siempre lo perciba,
tu luz y tu jardín secreto siguen creciendo,
intactos, inquebrantables, eternos.

Texto dedicado por Ignacio Abad a Juan Moreno

sábado, 31 de enero de 2026

No fue una sola voz

 



No fue una sola voz.

Fue un temblor bajo la piel,

apenas perceptible,

como cuando algo empieza a mudar

sin que todavía se note.

Algunos lo sintieron en diciembre.

El cuerpo exhausto,

la savia bajando,

y una alegría impuesta llamando a la puerta

cuando aún no había terminado el repliegue.

Otros lo sintieron en enero.

Cuando se les pidió comenzar

con las manos todavía húmedas de despedida,

enterrando lo que no había muerto del todo.

—Se acabó —dijeron las fechas.

—Empieza de nuevo.

—Avanza.

Y muchos cuerpos no pudieron.

No por fragilidad.

Porque estaban vivos.

Había cuerpos cerrando.

Cuerpos gestando en la oscuridad.

Cuerpos vacíos que necesitaban quietud

para no romperse.

Pero el calendario no escucha.

El calendario decreta.

Traza finales exactos

sobre procesos inconclusos.

Anuncia comienzos luminosos

donde aún no hay pulso.

—Es solo una fecha.

—Así funciona el mundo.

Y así comenzó la violencia lenta.

La que no deja marcas visibles.

La que exige adaptación

mientras algo se desplaza de su lugar.

La de brindar sin sed.

La de prometer sin deseo.

La de sonreír

cuando el cuerpo pide sombra.

Muchos se forzaron.

Apretaron la mandíbula.

Alinearon propósitos.

Ordenaron agendas

para no escuchar el desajuste.

Otros sintieron algo más hondo que el cansancio:

una vergüenza muda.

—¿Qué me pasa?

—¿Por qué no arranco?

Nadie les dijo que no estaban rotos.

Que lo que no encajaba

era el ritmo.

El calendario avanzó.

Siempre avanza.

Enero cumplió.

Febrero obedeció.

Las semanas se alistaron

y se alinearon como soldados.

Desde fuera, todo funcionaba.

Por dentro, algo se estaba rompiendo despacio.

Cuerpos empujados a empezar

cuando todavía estaban despidiéndose.

Cuerpos obligados a producir

con el duelo alojado en los huesos.

Cuerpos que sabían —sin palabras—

que algo había terminado

y no tuvieron permiso para honrarlo.

Pero la vida no era eso.

La vida era un animal antiguo.

Tenía estaciones invisibles.

Mudas lentas.

Tiempos de repliegue

que no cabían en ningún calendario.

Algunos enfermaron.

Otros se endurecieron.

Otros se volvieron precisos y vacíos.

Y unos pocos —muy pocos—

hicieron algo distinto.

Dejaron de violentarse.

Siguieron usando el calendario,

porque el mundo lo exige,

pero retiraron de él

la obediencia interior.

Permitieron que el año terminara

cuando terminó.

Permitieron que el nuevo comenzara

cuando algo, por fin,

se movió.

No lo anunciaron.

No lo defendieron.

No lo explicaron.

Simplemente escucharon.

Y en ese gesto mínimo,

casi invisible,

algo volvió a su sitio.

No el sistema.

No el orden.

El corazón.

Porque cuando la vida deja de forzarse,

el tiempo se vuelve latido.

 


lunes, 5 de enero de 2026

Buenos alimentos para comenzar el nuevo año

 


"Prefiero dibujar a hablar. Dibujar es más rápido y deja menos espacio para la mentira"