lunes, 22 de junio de 2026

Color

 







He navegado entre la multiculturalidad de Travnik, atravesada por siglos de historia y conflictos.

La paz ahora inunda sus calles, anidada en las palabras hermosas de sus esquinas.

Todo conflicto parece haberse olvidado, dando paso a un crepúsculo sin guerra.

De la enfurecida ceguera de la batalla han surgido brotes coloridos; todos ellos, entrelazados, han unido a sus habitantes en un abrazo palpitante.

Contagiado por el cautivador sonido del lugar, me he desprendido de todo, abriendo el corazón a la diferencia enriquecedora de sus gentes.

Ahora poseo todos los colores del lugar, impregnados en mi piel, que, habiendo sido monocroma a mi llegada, deviene ahora un arcoíris multiplicado e infinito.

 

 Septiembre 2025. Travnik, Bosnia y Herzegovina

 

martes, 16 de junio de 2026

Susurrando


Ella entró apenas susurrando. Una voz inofensiva. La paz parecía su principal bandera. Preguntó, al entrar, si podía hacerlo. La invité a pasar.

La casa, testigo de nuestro primer encuentro, mostró su hospitalidad y sonrió con alegría por su llegada. La cabeza de ella se agachó ligeramente al entrar, acaso por temor o por la prudencia necesaria; la de alguien que se sabe invitado, pero no dueño del lugar que visita por vez primera.

La casa se estremeció. Aquellos muros centenarios, de piedra y tierra, se movieron levemente, anunciando un pequeño terremoto. Afortunadamente, nada pasó.

Salvo que el corazón tembló con locura

 

 


 

viernes, 12 de junio de 2026

Otra calle, otro caminar




Esta calle es colorida como ninguna. Las gentes que la transitan asocian la vida compartida con la música que les acompaña en cada encuentro. La conversación se despliega entrelazada: voz y música se unen.

A veces resulta atronadora. Otras, se convierte en la manifestación de un código cultural que se reivindica cada mañana, cada tarde y cada noche. El extranjero o forastero podría llegar a entenderlo como un acto de mala educación, pero es, seguramente, la laguna cultural desde la que mira la responsable de su incomprensión. Esta cultura y sus gentes han nacido apegadas a la música, en una actitud ancestral vinculada a sus tradiciones. En cada mesa del bar, de la cantina o fonda, siempre junto a la calle, se sientan hombres y mujeres para dialogar y compartir. Y se escuchan. Parece imposible. Pero sí, se escuchan.

Seguramente el extranjero contempla este escenario con extrañeza, porque vuelve una y otra vez sobre la imagen añorada de su ciudad, con sus postales de gélido silencio y calles apenas habitadas por las palabras. Con todo ese orden sin fisuras, inquebrantable. Mira con los ojos de quien no se ha permitido compartir otra cultura y mide el mundo como si continuara caminando por la misma tierra que le vio nacer.

Para este forastero, la calle colombiana, irregular y escalonada, invadida por mesas, sillas y personas —algunas embriagadas—, es un destello de subcultura: la manifestación última de una sociedad desorganizada y caótica; un delito sin tipificar.

El extranjero anhela la gentileza urbana de la acera europea, limpia y liberada, preparada para el tránsito fugaz y dirigido, ese que siempre parece destinado a su final. No está dispuesto a soportar el estorbo de unas piernas cruzadas a su paso, las mesas desplegadas o el grito de asistentes alocados que cercenan el camino. La disciplina europea no pretende detenerse: hasta el caminar se ha convertido en producción y resultado.

Para el ciudadano colombiano, la calle es, por definición, el lugar del acto social, su esplendor civilizatorio. Pero su orden es distinto, porque no es métrico ni productivo. Tampoco es visual ni retiniano. Se ha convertido, pues, en un organismo vivo, oblongo y lleno de movimiento. No importa el desorden, ni la subida y bajada de su relieve desigual y accidentado, mientras sepa cumplir con su principal fin: invitar a la fiesta del compartir junto al sonido embriagador de sus músicas.

Definitivamente, esta es otra calle. Y éste, otro caminar. Mucho más de ellos que de nosotros, los que miramos en la distancia. Pero parece haber quedado claro que, mientras haya alegría y encuentro, poco importará cuánta cordura urbana exista o cuánta planimetría y precisión suiza se impongan: la calle seguirá siendo aquí de las personas que la habitan.


12 de junio. Acacías, Colombia

 

 

miércoles, 10 de junio de 2026

Hacia la sencillez

 


“El mundo que nos rodea es tremendamente complejo, pero las lentes o reglas que utilizo para observarlo y aproximarme a su orilla son cada vez más sencillas"

John Musti

sábado, 6 de junio de 2026

Ensimismados


Se sentaron enfilados en el largo banco corrido, ataviados con sus móviles. El lugar circundante se había dispuesto para la larga conversación saboreada, pero nunca nadie llegó a pronunciar palabra. El mundo del compartir, del aproximarse al otro, había quedado ensimismado en la pantalla azulada de sus dispositivos de última generación. Todo su viaje había quedado reducido a eso: verse envueltos en la pequeña superficie de cristal líquido y sofisticado sobre la que fijaban atentamente su mirada. El cuerpo, acompañando este concierto mudo, feneció también en su expresión no verbal. Se trataba de una enumeración de cuerpos, aditiva, dispuesta como una batería militar sobre el paisaje de verdor y poesía arbolada que los rodeaba.

Sí, a pesar de todo. A pesar del clamor florido y el concierto centenario de arquitecturas que salpicaban el lugar en el que se encontraban. A pesar de las voces ancianas que, con amabilidad, invitaban a la compra de sus trabajados enseres. A pesar del piar y el arrullar concertado de la fauna que inundaba este hermoso paraje. Sí, a pesar de todo ello, la ciudad quedó apagada en los cuerpos muertos de estos audaces tecnológicos: hombres y mujeres, adolescentes y niños. La palabra, cuando lograba entrelazarse, apenas era un breve cumplido, un ahorro energético sin cruzar la mirada, sin alzar la cabeza. La complicidad se extinguió.

Todo su mundo había quedado encerrado. Toda posibilidad de compartir entre ellos se sabía incómoda. La palabra, pues, se volvió ataúd. Y la conversación apasionada quedó para el libro de los recuerdos y el rememorar de los abuelos más longevos. La ciudad, con sus muros cargados de batallas, avatares y singulares acontecimientos, había perdido para sus huéspedes transitorios toda posibilidad de fascinación.

Sentado, atónito y en la proximidad física, pude contemplar cómo todo aquel paisaje se había convertido en una gran ruina de ruido y bestialidad fantasmal, un escenario congelado e inhóspito, incapaz de captar la atención de sus visitantes; incapaz de seducir lo mínimo necesario para invitar a la fiesta del compartir. Todo, sin embargo, había quedado reducido a aquel pequeño mundo interior y digital, el de la mirada absorta e inexpresiva: la de un cadáver que cree gozar de buena salud.

¿Dónde quedó aquel poder cautivador que invitaba a sus visitantes a envolverse en la carne de la ciudad? ¿Y dónde quedaron sus visitantes, los que siguen insistiendo en escuchar el canto matutino y el sigiloso silbido urbano de su noche?

6 de junio. Acacías











viernes, 5 de junio de 2026

Esta ciudad

 

Esta ciudad no tiene morfología.

Abandonó la métrica y la disciplina del diseño.

Se abrió como las tripas orgánicas de un animal muerto que busca resucitar.

Y resucitó sin historia.

Sobrevoló su pasado, pero no pudo encontrarlo: no existía.

Los hombres se encargaron de extinguirlo.

O su nacimiento nunca quiso tener historia y tradición.

La tradición queda impresa al nacer,

como quien ya se sabe envuelto en el cariño que le profesan sus padres y abuelos.

La tradición no es un deseo; es un derecho humano anclado en nosotros desde que nacemos.

Aparece como un acto mágico que nos señala la cuna de la que provenimos: un mapa seguro de regreso a casa cuando nos hallamos perdidos.

¿Por qué hemos mitigado el valor y el calor de su abrigo?

¿Por qué la ciudad insiste tanto en borrar sus huellas centenarias, las que protegen de la lluvia fría y de sus tempestades?

¿Acaso el hombre no ha sabido contenerse?

¿Acaso hemos perdido todo atisbo de memoria?

¿Acaso ya no queda aquí nada donde podamos reconocernos?


5 de junio, Acacías. Colombia

 

miércoles, 3 de junio de 2026

Apresúrate


 



"La vida huye; no seas tan reacio a la felicidad cuando se presenta; apresúrate a gozarla"

Stendhal