Esta ciudad no tiene morfología.
Abandonó la métrica y la disciplina del diseño.
Se abrió como las tripas orgánicas de un animal muerto que busca resucitar.
Y resucitó sin historia.
Sobrevoló su pasado, pero no pudo encontrarlo: no existía.
Los hombres se encargaron de extinguirlo.
O su nacimiento nunca quiso tener historia y tradición.
La tradición queda impresa al nacer,
como quien ya se sabe envuelto en el cariño que le profesan sus padres y abuelos.
La tradición no es un deseo; es un derecho humano anclado en nosotros desde que nacemos.
Aparece como un acto mágico que nos señala la cuna de la que provenimos: un mapa seguro de regreso a casa cuando nos hallamos perdidos.
¿Por qué hemos mitigado el valor y el calor de su abrigo?
¿Por qué la ciudad insiste tanto en borrar sus huellas centenarias, las que protegen de la lluvia fría y de sus tempestades?
¿Acaso el hombre no ha sabido contenerse?
¿Acaso hemos perdido todo atisbo de memoria?
¿Acaso ya no queda aquí nada donde podamos reconocernos?
5 de junio, Acacías. Colombia
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