sábado, 6 de junio de 2026

Ensimismados


Se sentaron enfilados en el largo banco corrido, ataviados con sus móviles. El lugar circundante se había dispuesto para la larga conversación saboreada, pero nunca nadie llegó a pronunciar palabra. El mundo del compartir, del aproximarse al otro, había quedado ensimismado en la pantalla azulada de sus dispositivos de última generación. Todo su viaje había quedado reducido a eso: verse envueltos en la pequeña superficie de cristal líquido y sofisticado sobre la que fijaban atentamente su mirada. El cuerpo, acompañando este concierto mudo, feneció también en su expresión no verbal. Se trataba de una enumeración de cuerpos, aditiva, dispuesta como una batería militar sobre el paisaje de verdor y poesía arbolada que los rodeaba.

Sí, a pesar de todo. A pesar del clamor florido y el concierto centenario de arquitecturas que salpicaban el lugar en el que se encontraban. A pesar de las voces ancianas que, con amabilidad, invitaban a la compra de sus trabajados enseres. A pesar del piar y el arrullar concertado de la fauna que inundaba este hermoso paraje. Sí, a pesar de todo ello, la ciudad quedó apagada en los cuerpos muertos de estos audaces tecnológicos: hombres y mujeres, adolescentes y niños. La palabra, cuando lograba entrelazarse, apenas era un breve cumplido, un ahorro energético sin cruzar la mirada, sin alzar la cabeza. La complicidad se extinguió.

Todo su mundo había quedado encerrado. Toda posibilidad de compartir entre ellos se sabía incómoda. La palabra, pues, se volvió ataúd. Y la conversación apasionada quedó para el libro de los recuerdos y el rememorar de los abuelos más longevos. La ciudad, con sus muros cargados de batallas, avatares y singulares acontecimientos, había perdido para sus huéspedes transitorios toda posibilidad de fascinación.

Sentado, atónito y en la proximidad física, pude contemplar cómo todo aquel paisaje se había convertido en una gran ruina de ruido y bestialidad fantasmal, un escenario congelado e inhóspito, incapaz de captar la atención de sus visitantes; incapaz de seducir lo mínimo necesario para invitar a la fiesta del compartir. Todo, sin embargo, había quedado reducido a aquel pequeño mundo interior y digital, el de la mirada absorta e inexpresiva: la de un cadáver que cree gozar de buena salud.

¿Dónde quedó aquel poder cautivador que invitaba a sus visitantes a envolverse en la carne de la ciudad? ¿Y dónde quedaron sus visitantes, los que siguen insistiendo en escuchar el canto matutino y el sigiloso silbido urbano de su noche?

6 de junio. Acacías











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