Es errante el que ha vivido de adherencias que se pegan al
cuerpo como una escafandra. Es errante el que huele a desarraigo y no posee
nada que no sea la materia de la que proviene. Este es el gran misterio del
hombre: la dualidad. Parece que el mundo es, antes que nada, un extraño
escaparate a través del cual miramos y nos exhibimos. Es asombroso contemplar,
como sufrimos un desdoblamiento total cuando observamos a la madre tierra. Se
supone que formamos parte de lo mismo, que somos seres integrales, pero con el
tiempo y al nacer, no acumulamos otra cosa que desprendimientos. La vida se
vuelve una suerte de cosa ajena, la tierra se explica en congresos y
conferencias. La naturaleza se televisa y aparece por internet.
El hombre se
aparta.
Somos lo mismo, pero la pertenencia es sólo una cosa material
ante nuestras decisiones. Se nos dio todo, y nos hemos quedado con sólo unas
cosas, probablemente las peores. Yo soy otro testigo más de mi propia lejanía.
Soy otro estúpido más que interrumpió el funcionamiento del mundo en algún
lugar de su biografía que no alcanza a ver. Soy otro huésped de hotel y parador
que una noche no entendió por qué la lluvia lo mojaba. Aquel urbanita con sed
de protección e higiene.
No puedo culparme, al igual que nadie puede hacerlo.
Todos hemos, de alguna manera, evidenciado el cambio al nacer, hemos sido
testigos de cómo el tiempo nos llena de adherencias que paradójicamente no
tienen nada que ver con la tierra que pisamos. Probablemente la intensidad del
dolor bajaría si el tacto impusiera su ley, y si supiéramos, que nunca vinimos
realmente para alejarnos. Todo movimiento que hubo entonces no fue, como
pensamos al principio, para llegar al mundo y mostrar nuestro cuerpo e
inteligencia. Aquél inmenso mar no había sido el del náufrago que sueña con
llegar a tierra, sino la cuna y lecho de nuestro ser. Es tan sencillo como eso.
Conmoverse por el mundo, por cada pequeña cosa, sería el día a día de todos si comprendiéramos ésto. No
harían falta las adornadas funciones de cine, ni habría que ser un gran actor
teatral. Y es que aquel vagar de un lado al otro en el fondo ha sido, para
muchos, la consumación de su propio afuera. Un afuera que hiere mucho más que
la muerte, porque se produce mucho antes de que ésta realmente llegue.
A pesar, sin embargo, de estas palabras, el optimismo adquiere
conciencia como una adherencia que se acerca al mundo para abrirse a él. Siento
que es todo lo que hay que hacer.
¿Buscar?
Qué se puede buscar que no
sea más que abrir los ojos en la dirección adecuada. Para muchos esto no sabrá
a más que a pan para hoy y hambre para mañana. Para otros, la hambruna emocional
es la mejor de las dietas. Yo no soy quién para decir qué hacer y hacia dónde
marchar. Pero tengo algo claro. Cuando me he sentido errar y vagar a doquier,
cuando el desamor se ha apoderado de mí, solo he podido decirme una cosa:
querido amigo no puedes apartarte por mucho que quieras,
porque tú provienes te
este fluir,
provienes y formas parte de esta vida…
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