Ella entró apenas susurrando. Una voz inofensiva. La paz parecía su principal bandera. Preguntó, al entrar, si podía hacerlo. La invité a pasar.
La casa, testigo de nuestro primer encuentro, mostró su hospitalidad y sonrió con alegría por su llegada. La cabeza de ella se agachó ligeramente al entrar, acaso por temor o por la prudencia necesaria; la de alguien que se sabe invitado, pero no dueño del lugar que visita por vez primera.
La casa se estremeció. Aquellos muros centenarios, de piedra y tierra, se movieron levemente, anunciando un pequeño terremoto. Afortunadamente, nada pasó.
Salvo que el corazón tembló con locura
❤️
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